“Si queremos emprender la ardua búsqueda de la verdad, debemos reunir el valor para abandonar las líneas de pensamiento en las que hemos estado hasta ahora y empezar a dudar de todo lo que antes aceptábamos como correcto y verdadero.” – Erich von Däniken, Chariots of the Gods? (Recuerdos del futuro, 1968)
Como ya les he comentado en alguna otra publicación, siempre he sido muy fan de los enigmas y aquello que escapa de lo puramente racional. Desde niña, los libros que hablaban de civilizaciones antiguas, misterios sin resolver y teorías inesperadas encendían en mí una chispa imposible de apagar. Uno de los que marcó especialmente mi infancia fue El mensaje de los dioses, una joya que llegó a mis manos gracias a mi padre, quien supo intuir muy bien que aquel tipo de libro me iba a atrapar. Fue, para mí, una primera invitación a imaginar posibilidades más allá de lo evidente.
Cuando el pasado 10 de Enero de 2026 me enteré del fallecimiento de Erich von Däniken, me dio pesar. No porque compartiera sus teorías, sino porque su obra, tan polémica como influyente, formó parte de mis primeras lecturas y de ese primer contacto con preguntas que no tenían respuestas fáciles. Por eso, y porque este es un blog de química, empecé a darle vueltas a la idea de hacerle un pequeño homenaje aquí.
Así que, con las ideas ya un poco más claras, hoy les cuento cómo algunas de las cuestiones que rodearon su obra pueden leerse, con la distancia crítica que da la ciencia, desde la química. No para buscar respuestas «extraterrestres», sino para entender mejor qué sabemos realmente sobre la tecnología y los conocimientos materiales de las civilizaciones antiguas.
¿Quién fue «este señor» y por qué es relevante?
Erich von Däniken (1935-2026) fue un escritor suizo, conocido internacionalmente por sus ensayos sobre historia antigua y por ser uno de los principales divulgadores de la llamada hipótesis de los antiguos astronautas. Sus libros, traducidos a numerosos idiomas, tuvieron un enorme impacto cultural desde finales de los años sesenta y marcaron a varias generaciones de lectores.
Von Däniken no fue científico ni químico. Fue, ante todo, un provocador de ideas. Muchas de sus hipótesis han sido descartadas por la ciencia, pero casi siempre estuvieron formuladas como preguntas más que como afirmaciones cerradas. Visto desde la química, esto nos lleva a una distinción importante: una pregunta sugerente no equivale a una explicación correcta, pero sigue siendo el punto de partida de cualquier razonamiento científico.
Cuando la química entra en juego: tecnología antigua y materiales.
Muchos de los objetos que fascinaban a von Däniken parecían “demasiado avanzados” para su época. Vistos hoy, muchos de ellos no requieren explicaciones extraordinarias, sino un mejor conocimiento de los materiales y de los procesos químicos empíricos desarrollados por las civilizaciones antiguas.
Metalurgia, pigmentos, cosméticos, vidrios o fermentaciones muestran que existía un conocimiento práctico profundo, basado en la observación y la experimentación. A menudo, lo que interpretamos como tecnología imposible es simplemente ingeniería empírica acumulada durante siglos, desarrollada sin teoría formal, pero con enorme eficacia.
Materiales y procesos empíricos en la obra de von Däniken.
Aunque Erich von Däniken no abordó la química de forma técnica, sí mencionó en sus libros materiales y técnicas antiguas cuya durabilidad o complejidad le resultaban llamativas. No los presentaba como enigmas científicos sin explicación, sino como ejemplos que, a su juicio, encajaban mal con una visión demasiado simple del pasado.
Algunos de los ejemplos que von Däniken citó con más frecuencia en sus libros ayudan a entender bien este enfoque y sirven, además, para ilustrar cómo la química moderna puede aportar contexto y explicación a fenómenos que en su momento parecían desconcertantes.
*Pigmentos del Antiguo Egipto.
En Chariots of the Gods? (Recuerdos del futuro, 1968), von Däniken menciona la persistencia del color en relieves y pinturas egipcias, que han llegado hasta nosotros tras milenios con una viveza sorprendente.
Desde la química, este fenómeno se explica por el uso de pigmentos minerales muy estables, como el azul egipcio (un silicato de calcio y cobre), así como óxidos metálicos poco reactivos. No hay un misterio químico, pero sí un conocimiento empírico sólido de materiales y de su comportamiento a largo plazo.
*Momificación y conservación de cuerpos.
En Chariots of the Gods? (1968) y The Gods Were Astronauts (Los dioses eran astronautas, 1969), von Däniken se detiene en la complejidad del proceso de momificación egipcia y en su eficacia para preservar los cuerpos durante miles de años.
La ciencia actual explica estos resultados por el uso de natrón (una mezcla natural de sales), resinas y aceites con propiedades bien conocidas de desecación, conservación e inhibición microbiana. De nuevo, no se trata de una tecnología inexplicable, sino de una combinación muy afinada de prácticas empíricas y conocimiento del entorno.
*Superficies pétreas y marcas de corte: calor, dureza y técnicas antiguas.
En obras como Chariots of the Gods? (1968) y In Search of Ancient Gods (En busca de antiguos dioses, 1973), Erich von Däniken se detuvo en ciertos restos arqueológicos que le resultaban especialmente difíciles de encajar dentro de las capacidades técnicas que solemos atribuir a las civilizaciones antiguas. Entre ellos, mencionó superficies pétreas aparentemente sometidas a temperaturas extremas y marcas de corte de gran precisión en piedras de elevada dureza.
En el caso de las llamadas fortalezas vitrificadas de Escocia, así como en enclaves como Sacsahuamán (Perú), von Däniken sugirió que algunas piedras parecían haber sido expuestas a un calor tan intenso que la roca habría llegado a fundirse parcialmente. Desde su enfoque, esto apuntaba al posible uso de herramientas térmicas desconocidas o de fuentes de energía no documentadas para la antigüedad.

Tap o’ Noth, en el noreste de Escocia, es uno de los ejemplos más conocidos de fortaleza vitrificada. Sus muros, formados por rocas parcialmente fundidas, evidencian la exposición a temperaturas extremadamente altas que llegaron a fusionar la piedra.
Algo similar planteó al observar bloques de granito y diorita, materiales especialmente duros, con cortes precisos y superficies notablemente pulidas. Para von Däniken, la aparente ausencia de herramientas de hierro o diamante en determinados contextos arqueológicos hacía difícil explicar estos acabados mediante técnicas manuales tradicionales, lo que le llevaba a especular con el uso de sierras mecánicas o incluso rayos de energía.
La perspectiva científica actual, sin embargo, ofrece explicaciones bien fundamentadas sin necesidad de recurrir a tecnologías extraordinarias. Desde la geología y la química de materiales se ha demostrado que incendios prolongados, especialmente en estructuras con núcleo de madera, pueden alcanzar temperaturas suficientes como para producir vitrificación parcial de ciertos tipos de roca, algo comprobado experimentalmente en varios yacimientos.
Por otro lado, estudios experimentales han mostrado que técnicas de abrasión basadas en el uso de arena, agua y herramientas de piedra o cobre permiten lograr cortes sorprendentemente precisos y superficies muy lisas, siempre que se disponga de tiempo, mano de obra intensiva y conocimiento empírico del material. No se trata de procesos rápidos, pero sí perfectamente compatibles con sociedades que invertían décadas (o generaciones) en la construcción de sus monumentos.
En este caso, como en otros que fascinaban a von Däniken, el punto de fricción no está en el fenómeno físico en sí, sino en la interpretación que hacemos de él. Donde él veía indicios de tecnologías perdidas o alienígenas, la ciencia actual reconoce capacidad humana, experimentación acumulada y un dominio notable de los materiales, desarrollado mucho antes de la formalización de la química y la ingeniería modernas.
Quizá el verdadero punto incómodo que señalaba (y que sigue siendo pertinente) no sea qué sabían hacer las civilizaciones antiguas, sino por qué nos cuesta tanto aceptar que fueran capaces de desarrollar conocimientos técnicos complejos sin ayuda externa.
Von Däniken y la Batería de Bagdad.
Aunque Erich von Däniken no analizó directamente la llamada Batería de Bagdad, este objeto encaja con el tipo de preguntas que atraviesan su obra: si ciertos conocimientos técnicos del pasado han sido subestimados.
El interés por el artefacto de arcilla del periodo Parto (siglo III a.C. – siglo III d.C.), surgió con el arqueólogo austríaco Wilhelm König, quien lo estudió tras su hallazgo en 1936, cerca de Khujut Rabu (Irak), y propuso que podría tratarse de una celda galvánica antigua. Décadas después, piezas como esta pasaron a formar parte del imaginario asociado a las preguntas popularizadas por von Däniken.
Von Däniken no la descubrió ni la estudió desde la química, pero contribuyó a que objetos ambiguos como este trascendieran el ámbito académico y se convirtieran en símbolos del debate entre especulación y evidencia.
¿Qué dice la electroquímica? El objeto consiste en un recipiente cerámico con un cilindro de cobre y una varilla de hierro, sellados con betún. Desde el punto de vista químico, en presencia de un electrolito ácido el sistema hierro-cobre puede comportarse como una celda galvánica primitiva, basada en reacciones redox sencillas, tal y como demostraron experimentos modernos llenándolo con electrolito ácido o zumo de uva, produciendo 1-2 V. Sin embargo, su aplicación histórica real sigue siendo un misterio: se especula que podría haberse usado para galvanoplastia (dorar plata) o para otros fines rituales, aunque no hay pruebas concluyentes.
Qué acepta la ciencia hoy (y qué no). El consenso científico actual indica que no existen evidencias arqueológicas que respalden un uso eléctrico intencional o sistemático de estos objetos. No se han encontrado cables, dispositivos asociados ni contextos tecnológicos compatibles. Desde la química y la arqueología, la conclusión es tajante: la posibilidad experimental no equivale a un uso histórico probado.
Y así, podríamos decir que Erich von Däniken dejó una obra controvertida y, en muchos aspectos, equivocada desde el punto de vista científico. Pero reducir su legado únicamente a sus errores sería muy injusto. Sus libros no ofrecieron (ni pretendieron ofrecer) respuestas sólidas, pero sí abrieron grietas en certezas demasiado cómodas y llevaron a muchas personas a interesarse por el pasado con una mirada menos pasiva.
Hoy, desde la química, sé que el conocimiento avanza con método, evidencia y espíritu crítico. Muchas de las preguntas que él planteó encuentran hoy explicaciones claras en los materiales, en las reacciones y en los procesos empíricos desarrollados por civilizaciones antiguas, sin necesidad de recurrir a interpretaciones extraordinarias. Pero, también sé que la ciencia no avanza solo acumulando certezas: avanza, sobre todo, porque alguien se atreve a formular buenas preguntas y a revisarlas una y otra vez.
Por eso, este pequeño homenaje a von Däniken y a lo que su obra despertó en muchos lectores: la invitación a preguntar, a dudar y a aceptar que no lo sabemos todo, que nuestro conocimiento cambia con el tiempo y que, frente a la inmensidad del pasado y del cosmos, todavía hay mucho por descubrir, y quizá mucho más, que nunca lleguemos a comprender del todo.
Y hasta aquí el interesante recorrido del día de hoy. Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo lo hice creándolo. Como siempre les digo, gracias por leerme, gracias por estar ahí, y… ¡hasta la próxima!



