“La libertad intelectual es la base de todo progreso humano” – Andrei Sájarov.
En varias publicaciones recientes me he enfocado en el caso de Venezuela, un país cuya realidad conozco muy de cerca y que lleva años atravesando una crisis profunda, hoy inmerso en un proceso de cambio lento, complejo y todavía incierto.
Ese recorrido previo sirve también como punto de partida para mirar hacia otros lugares donde la ciencia se ve sometida a presiones similares, aunque las causas y las trayectorias sean distintas. Irán es uno de esos casos, y además uno especialmente grave. Tras documentarme muy bien sobre lo que ocurre actualmente, me pareció muy necesario detenerme también aquí.
Irán, obviamente, no es Venezuela, ni en su contexto social ni cultural. Sin embargo, comparte con ella algo esencial: una presión sostenida que atraviesa todos los ámbitos de la vida, incluida la ciencia, y que hoy se combina con una represión severa y una continuada violación de derechos humanos.
Incluso desde el punto de vista de la química; una disciplina que depende del rigor, la cooperación y la libertad intelectual; resulta imposible mirar hacia otro lado. Así que, a continuación, reflexionamos sobre cómo este escenario afecta a la ciencia y a las industrias químicas de un país que, pese a todo, sigue siendo relevante en este ámbito.
Irán: un país con una base industrial sólida.
Antes de entrar en el impacto del contexto político y social, conviene recordar un hecho que a menudo se pasa por alto: Irán no es un país científicamente marginal. Durante décadas ha desarrollado una base industrial importante, estrechamente ligada a la química y a la ingeniería.
Entre los sectores históricamente más relevantes destacan:
- Industria petroquímica y del gas.
- Refinado de combustibles, altamente dependiente de procesos catalíticos.
- Industria farmacéutica, con una notable capacidad de producción local.
- Materiales de construcción (cemento, acero, vidrio).
- Minería y metalurgia.
- Industria automotriz, apoyada en polímeros, lubricantes y materiales avanzados.
Todas estas áreas requieren conocimiento químico, formación técnica e innovación constante. Por eso, cuando la ciencia se ve afectada, el impacto alcanza directamente a la estructura productiva.
Sanciones internacionales: origen y consecuencias para la química.
Las sanciones contra Irán son el resultado de un proceso largo y acumulativo. Su origen principal está en el programa nuclear iraní, que, pese a ser presentado por el propio país como civil, ha generado durante años desconfianza internacional por la posible dimensión militar del enriquecimiento de uranio y otros procesos asociados.
Esa desconfianza dio lugar a negociaciones técnicas complejas y al acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA), que imponía límites estrictos a actividades químicas muy concretas, enriquecimiento isotópico, purificación de materiales, control analítico, a cambio del levantamiento parcial de sanciones. El deterioro posterior de ese acuerdo reactivó muchas de las restricciones.
A estos factores se suman el desarrollo de misiles, el papel regional de Irán y, de forma cada vez más explícita, las violaciones sistemáticas de derechos humanos, que han dado lugar a nuevas sanciones.
Desde un blog de química, el punto clave es este: decisiones geopolíticas basadas en procesos químicos acaban limitando la química civil. Las sanciones afectan directamente a:
- Importación de reactivos, catalizadores y estándares.
- Mantenimiento de instrumentación analítica.
- Acceso a software y bibliografía científica.
- Producción farmacéutica y petroquímica.
- Formación de nuevos químicos.
Aunque las sanciones pretenden presionar a un Estado, sus efectos cotidianos recaen, muy lamentablemente, sobre laboratorios, hospitales, estudiantes e industrias que no tienen capacidad de decisión política.
La situación actual en Irán: el detonante de esta reflexión.
Este artículo no nace solo de una reflexión general sobre ciencia y contexto, sino de lo que está ocurriendo ahora mismo en Irán. La escalada represiva de las últimas semanas ha marcado un punto de inflexión difícil de ignorar, incluso desde un blog de química.
Diversas organizaciones de derechos humanos y medios internacionales han documentado arrestos masivos de manifestantes, juicios sin garantías y condenas extremadamente severas contra personas cuyo único “delito” ha sido protestar pacíficamente para exigir condiciones de vida básicas. La información es fragmentaria, debido al control de las comunicaciones y a la falta de transparencia judicial, pero el patrón es inequívoco: una represión sistemática del disenso.

Más de 3.400 manifestantes han muerto en la represión de las protestas en Irán. Foto vía Al Jazeera.
Uno de los casos que ha trascendido es el de Erfan Soltani, un joven de 26 años arrestado durante las protestas y condenado a muerte sin un proceso judicial con garantías, según han denunciado organizaciones independientes y familiares. Su caso no es presentado aquí como una excepción, sino como un síntoma: la normalización de la pena capital como herramienta de intimidación política.
Las cifras exactas de muertos y detenidos varían según las fuentes y son difíciles de verificar de manera independiente. Algunas estimaciones hablan de miles de arrestos y cientos de víctimas mortales; otras elevan considerablemente esos números. Más allá del debate cuantitativo, lo que resulta incuestionable es el uso desproporcionado de la violencia estatal, la ausencia de debido proceso y la creación deliberada de un clima de terror.
Este contexto no es ajeno a la ciencia. Cuando protestar, expresarse o simplemente estar en el lugar equivocado puede costar la libertad o la vida, la investigación científica se vuelve inviable como proyecto humano. No porque desaparezcan los laboratorios, sino porque desaparecen las condiciones mínimas para pensar, enseñar y trabajar sin miedo.
Es esta situación, actual, grave y documentada, la que motiva detenerse en Irán desde la química. Porque cuando la represión alcanza este nivel, ya no estamos ante un problema abstracto de contexto, sino ante una realidad que condiciona directamente quién puede hacer ciencia, quién se va, quién calla y quién deja de existir como científico antes incluso de abandonar su país.
Mujeres, ciencia y coherencia ética.
Otro de los aspectos más visibles y dolorosos de la situación iraní es la opresión sistemática de las mujeres. Tenemos, por ejemplo, el tristemente célebre caso de Mahsa (Jina) Amini, una mujer iraní de origen kurdo que fue arrestada y torturada por la llamada policía de la moral por «no usar correctamente hiyab». Su muerte la convirtió en un símbolo global la lucha por los derechos humanos en Irán y originó protestas en ese país bajo el lema “Mujer, Vida, Libertad”, respondidas con una represión ampliamente documentada.

Mahsa (Jina) Amini, de 22 años, murió bajo custodia policial en Teherán en Septiembre de 2022. Su muerte desató protestas masivas en Irán que fueron reprimidas con violencia, ejecuciones y miles de detenciones.
Este control sobre el cuerpo, la voz y la autonomía de las mujeres tiene consecuencias directas también en la ciencia. Mujeres altamente formadas trabajan en universidades, laboratorios e industrias bajo restricciones legales y sociales que limitan su desarrollo profesional. La pérdida no es solo ética: es una pérdida real de talento científico.
Este hecho obliga además a una reflexión, para algunos, incómoda. La defensa de los derechos de las mujeres no puede ser selectiva ni dependiente de afinidades ideológicas. El silencio ante estas violaciones, cuando no conviene condenarlas, no es neutralidad: es hipocresía moral. Y de las peores. Desde la ciencia, y cualquier otra perspectiva, que defienda principios y derechos universales, este doble rasero resulta especialmente incoherente y totalmente inaceptable.
Ciencia que migra: supervivencia e industrias que pierden futuro.
Como ha ocurrido también en Venezuela, una parte muy significativa de científicos, ingenieros y técnicos iraníes desarrolla hoy su vida fuera del país. Pero, hay que decirlo con claridad: en muchos casos no se trata de una decisión orientada a la carrera científica, sino de una decisión forzada tomada desde la necesidad de supervivencia y dignidad personal.
Para muchos, emigrar ha significado abandonar líneas de investigación, laboratorios, proyectos y trayectorias, sin la certeza de poder retomarlas. No se van para progresar académicamente, sino para poder vivir sin miedo, sin persecución y en condiciones básicas de libertad, aun cuando eso implique aceptar trabajos alejados de su formación o renunciar por completo a su desarrollo profesional.
Esta diáspora tiene un coste profundo y doble. El país pierde capital humano, experiencia acumulada y capacidad de formar nuevas generaciones, y la ciencia global tampoco se beneficia plenamente: cuando la supervivencia se impone a la vocación, muchos científicos dejan de ejercer como tales, y el talento se diluye fuera del ámbito para el que fue formado. Cuando un país empuja a sus profesionales a elegir entre quedarse y vivir amenazados, o marcharse sacrificando su carrera, la pérdida deja de ser solo científica para convertirse en humana y estructural.

Foto que se hizo viral (este mes de Enero) de una joven iraní residente en Canadá, en la que aparece encendiéndose un cigarrillo con la llama que quema la imagen de líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei. Foto vía X.
Visto lo anterior, no cabe duda de que la química necesita algo más que conocimiento técnico para existir: necesita personas libres para pensar, trabajar y vivir con dignidad. Cuando esas condiciones desaparecen, no solo se debilitan los laboratorios o la industria, se erosiona el futuro.
Mirar a Irán desde la química, como antes miramos a Venezuela, no es apartarse del rigor científico sino ponerlo a prueba en su sentido más profundo. Porque sin libertad, la ciencia puede seguir existiendo, pero deja de cumplir su propósito: producir conocimiento que mejore la vida sin sacrificar a quienes lo hacen posible.
Y hasta aquí la muy reflexiva y necesaria publicación de hoy, como siempre les digo, gracias por leerme, gracias por estar del otro lado, y… ¡Hasta la próxima!
