Reloj del fin del mundo, vórtice polar y química: entre el riesgo real y el ruido.

“No hay apocalipsis más devastador que el que nace de nuestras propias manos y mentes.”- Autor desconocido.

Este pasado mes de Enero se han cruzado dos noticias que dicen bastante sobre cómo interpretamos el riesgo, el clima y la idea del fin. Por un lado, Estados Unidos ha sufrido una de las tormentas de invierno más duras de los últimos años, con frío extremo, nieve en zonas poco acostumbradas a ello y millones de personas afectadas. Por otro, el Reloj del Fin del Mundo se ha vuelto a ajustar y ahora marca 85 segundos para la medianoche, la posición más cercana al “apocalipsis” desde que existe.

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Frío histórico, titulares de escándalo y una sensación constante de que algo se esta desajustando. Todo parece encajar en la misma narrativa cada vez más dominante de que vivimos al borde del colapso. A continuación, vamos a ver qué hay realmente detrás de esa sensación de cuenta atrás permanente, qué es el llamado vórtice polar, por qué el Doomsday Clock vuelve a acercarse a la medianoche y qué papel juega la química en todo este debate. Sin alarmismo ni repetir consignas.

El vórtice polar y el frío que siempre vuelve.

Cada vez que llega una ola de frío intensa, el mismo concepto vuelve a ocupar titulares: el vórtice polar. En muchos casos se presenta como algo casi nuevo, como si fuera una anomalía reciente directamente provocada por el cambio climático.

Sin embargo, el vórtice polar no es ninguna novedad. Se trata de una enorme masa de aire frío que gira alrededor de los polos y que ha existido siempre. Durante el invierno suele mantenerse relativamente estable, reteniendo el aire gélido en el Ártico, pero en algunas ocasiones se debilita y permite que parte de ese frío descienda hacia latitudes más bajas.

Eso provoca inviernos especialmente duros en zonas que no están acostumbradas a ellos. Ha ocurrido muchas veces antes, incluso en épocas en las que nadie hablaba de calentamiento global ni de crisis climática.

Entonces, ¿por qué ahora se habla tanto de él?

Porque encaja muy bien en el relato actual. Hoy casi cualquier fenómeno extremo, ya sea una ola de calor, una sequía prolongada o una tormenta de nieve histórica, se interpreta automáticamente como una prueba más de que el sistema climático está fuera de control.

A esto se suma que vivimos en un mundo completamente interconectado, donde cualquier evento de gran magnitud se amplifica, se repite y se interpreta en tiempo real. No es solo que ocurran fenómenos intensos, sino que los vemos todos, todo el tiempo, y casi siempre a través de un marco que ya viene cargado de conclusiones.

 

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Rangos de temperaturas e impactos basados en reportes meteorológicos de Enero de 2026 Fuente: NOAA, AccuWeather, Telemundo, Infobae, Canal26 y tiempo3.com.

Eso no significa negar los problemas ambientales ni mirar hacia otro lado. La contaminación es real, el impacto humano sobre el entorno existe y cuidar el medio ambiente no debería ser una cuestión ideológica, sino de puro sentido común. El aire, el agua y los ecosistemas importan, y mucho.

El “pero” aparece cuando todo se mete en el mismo saco y cualquier fenómeno natural pasa automáticamente a ser una prueba definitiva de una catástrofe global. Y es que proteger el medio ambiente no exige dejar de pensar de forma crítica ni aceptar explicaciones simplificadas para problemas que son, por naturaleza, complejos.

El reloj del fin del mundo, el clima y la obsesión por la cuenta atrás.

Aquí entra en escena el Reloj del Fin del Mundo, una metáfora creada en 1947 por científicos que habían participado en el desarrollo de las primeras armas nucleares. No es un reloj real ni una predicción literal, sino una forma simbólica de representar lo cerca o lejos que, según los expertos, estamos de una catástrofe global.

La medianoche representa ese punto de no retorno. Cuando el mundo parece más estable, las agujas se alejan. Cuando los riesgos se acumulan y las respuestas no llegan, el reloj se acerca.

Hoy marca 85 segundos para la medianoche. No significa que el mundo vaya a acabarse mañana, pero sí refleja una preocupación creciente por la cantidad de amenazas abiertas y por la sensación de que no se están gestionando bien. Durante décadas, el reloj se centró casi exclusivamente en el riesgo nuclear.

Infografía sobre el Doomsday Clock o Reloj del fin del mundo.

Infografía sobre el Doomsday Clock o Reloj del fin del mundo. Fuente: Bulletin of the Atomic Scientists y The New York Times.

Con el tiempo, el análisis se ha ampliado y ahora también se tienen en cuenta factores como el llamado cambio climático, la contaminación, el desarrollo tecnológico sin control y la falta de cooperación internacional.

Más que señalar un único peligro concreto, el reloj pone el foco en algo más incómodo: nuestra capacidad real para gestionar problemas complejos a largo plazo, sin caer en respuestas simples ni en soluciones rápidas de corta duración.

La química, siempre en medio del debate.

En todo este contexto, la química aparece constantemente, aunque no siempre se mencione de forma directa. Está presente en las armas nucleares y químicas, en los gases de efecto invernadero, en la contaminación industrial y en los residuos que permanecen en el medio ambiente durante décadas.

Pero también está presente en las posibles soluciones: nuevas fuentes de energía, materiales más seguros, procesos industriales menos agresivos y tecnologías más eficientes dependen, en gran parte, de avances químicos bien aplicados.

Aquí hay que recordar y hacer énfasis en que la química, al igual que la tecnología, no es el problema en sí. El verdadero problema es cómo se utiliza, cómo se regula o cómo se ignora cuando no encaja en determinados intereses o discursos.

El verdadero punto en común.

El vórtice polar y el Reloj del Fin del Mundo no anuncian el apocalipsis. Lo que hacen es recordarnos lo frágil que es el equilibrio en el que vivimos y lo fácil que resulta caer en explicaciones demasiado simples para problemas muy complejos.

El riesgo no está solo en el frío extremo, el calor récord o los segundos que marca un reloj simbólico. El riesgo aparece cuando dejamos de cuestionar, cuando aceptamos narrativas cerradas y cuando la ciencia se convierte en eslogan en lugar de herramienta.

El vórtice polar no es una señal del fin del mundo, y el reloj del fin del mundo no es una profecía. Son advertencias, no sentencias. Nos recuerdan que vivimos en un sistema delicado, con riesgos reales y poco margen para el error, pero también con conocimiento y herramientas suficientes para hacerlo mejor. Y es que las decisiones, para bien o para mal, siguen siendo humanas.

Sin más que añadir, hasta aquí la seria y la apocalíptica publicación de hoy, gracias por estar del otro lado, y… ¡Hasta la próxima!

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