No sabe igual: la química oculta detrás de una bebida según el país.

«El sabor es una construcción, no una propiedad fija del alimento.» – Harold McGee

¿Te ha pasado alguna vez que pruebas una bebida en otro país y piensas: “esto no sabe igual”? No es solo una impresión. En muchos casos, no estás bebiendo exactamente el mismo producto, aunque la etiqueta y la marca sean idénticas.

En el post anterior hablábamos de la química detrás del helado y de cómo cambios aparentemente pequeños en la formulación pueden alterar mucho la experiencia. Con las bebidas ocurre algo parecido. Detrás de una marca global hay decisiones muy concretas: qué tipo de dulzor se usa, cuánto, cómo se equilibra la acidez y qué agua entra en la receta.

Conviene aclarar que aquí no hablamos de cómo cambian los sabores por la altura, la presión o el ambiente, de eso ya hablamos en otro artículo, sino de diferencias reales en la formulación química del producto. Con esa idea en mente, vale la pena empezar por un ejemplo muy conocido y ampliar luego la mirada.

El ejemplo más claro: Fanta no es una sola Fanta.

Fanta Naranja es un buen punto de partida porque es un caso bien conocido y ampliamente documentado. Para empezar, resulta útil mirar al Reino Unido y a Estados Unidos, no porque sean los únicos ejemplos posibles, sino porque representan dos enfoques muy distintos de formulación con datos públicos comparables. A partir de ahí, la diferencia se hace todavía más evidente cuando se observan otros mercados.

En el Reino Unido, la información nutricional oficial indica 4,5 g de azúcar por cada 100 ml, lo que equivale a unos 22,5 g en una botella de 500 ml. Conviene aclarar que estos valores corresponden al mercado británico y no representan una “receta europea” única. Dentro de Europa existen variaciones entre países en contenido de azúcar y formulación, aunque muchas versiones se hayan acercado tras las reformulaciones recientes. De hecho, recopilaciones basadas en etiquetado nutricional muestran que el contenido de azúcar de Fanta puede ir desde menos de 5 g por 100 ml en algunos países hasta más de 10 g en otros, incluso dentro del propio continente europeo.

Aquí es vital no confundir las cifras. No estamos comparando envases distintos para exagerar la diferencia. Incluso normalizando por volumen, la conclusión es clara: la versión estadounidense tiene casi el triple de azúcar por 100 ml que la británica reformulada.

La comparación no se limita a estos dos países. En mercados como India, Fanta suele moverse en torno a 12-13 g de azúcar por 100 ml, mucho más cerca de formulaciones clásicas. Es este tipo de diferencia, real en los datos pero a menudo presentada sin contexto, la que ha alimentado comparativas virales en redes sociales.

Comparativa viral entre Fanta del Reino Unido y Fanta de la India. Aunque suele presentarse como “Europa vs India”, los datos citados proceden de Coca-Cola GB, pese al uso de la bandera de la Unión Europea. La diferencia en azúcar por litro es real. El sodio que aparece en la versión india procede del tipo de conservante utilizado y, en esas cantidades, tiene un impacto sensorial y nutricional secundario. La imagen simplifica el contexto: no compara bloques geográficos, sino mercados concretos con formulaciones distintas condicionadas por regulación y receta.

Los ingredientes tampoco son los mismos. En Estados Unidos el dulzor procede sobre todo del jarabe de maíz de alta fructosa; en el Reino Unido se combina una cantidad menor de azúcar con edulcorantes intensos; en India, el azúcar sigue siendo la base principal del dulzor. En conjunto, no se trata de un simple ajuste fino, sino de formulaciones distintas bajo un mismo nombre comercial.

Este ejemplo deja claro que cambiar cómo se construye el dulzor no afecta solo a la cifra de la etiqueta, sino también a la experiencia al beber la bebida.

Azúcar y edulcorantes: no es solo cuánto, sino cómo.

El azúcar no sirve únicamente para endulzar. También aporta cuerpo y suaviza la acidez, haciendo que el sabor resulte más redondo. Cuando se reduce, ese “peso” sensorial se pierde y hay que compensarlo.

En muchos países europeos esa compensación se hace con edulcorantes intensos. Mantienen el dulzor con menos gramos, pero el perfil cambia: aparece antes, se apaga de otra forma y deja un retrogusto distinto. No es una cuestión de “mejor o peor”, sino de estructura sensorial.

En formulaciones basadas en jarabes ricos en glucosa y fructosa, o en mayores cantidades de azúcar, dulzor y textura van de la mano. El resultado puede sentirse más redondo, pero también suben los gramos de azúcar y las calorías. Desde el punto de vista químico, lo relevante es entender que el mismo nombre comercial puede esconder arquitecturas de dulzor muy distintas.

Regulación: cuando la ley empuja la receta.

El Reino Unido es un buen ejemplo porque el marco legal es claro. Existe un impuesto por tramos para bebidas azucaradas: a partir de ciertos gramos de azúcar por 100 ml, la bebida paga más. No prohíbe el azúcar ni dicta una receta, pero crea un incentivo fuerte para bajar el contenido y quedarse por debajo de ciertos umbrales.

Medidas similares existen en otros países, ya sea con impuestos, etiquetado frontal o recomendaciones oficiales. No lo explican todo, pero ignorarlo sería ingenuo: la regulación no decide el sabor final, pero condiciona de forma muy real las decisiones técnicas.

La misma soda, distinto azúcar según el mercado.

Fanta no es un caso aislado. Otras marcas globales como Coca-Cola, Pepsi o Sprite muestran el mismo patrón: el contenido de azúcar cambia según el mercado. Se usan aquí porque se venden con el mismo nombre en muchos países y cuentan con datos comparables.

Contenido aproximado de azúcar en bebidas globales (rangos representativos por mercado)
(valores en gramos de azúcar por 100 ml, versiones no “zero”)

Bebida América del Norte (EE. UU.) Europa (UE / UK) Latinoamérica Asia (Japón, India, Sudeste Asiático)
Coca-Cola 10-11 9-10 (UK más bajo tras reformulación) 10-11 9-11
Pepsi 11-12 10-11 11-12 10-12
Fanta Naranja 11-12 4-6 (UK reformulada) 10-13 10-13
Sprite 10-11 4-6 (UK reformulada) 9-11 11-4

Nota: los valores representan rangos habituales basados en formulaciones conocidas y datos publicados por país. Dentro de cada región existen diferencias importantes entre mercados concretos. En el caso de Asia, los valores más altos corresponden a mercados como India.

La tabla no pretende dar cifras exactas, sino mostrar una tendencia. En Estados Unidos dominan recetas clásicas con niveles de azúcar altos. En Europa, sobre todo en el Reino Unido, las reformulaciones han reducido azúcar de forma notable. Asia es el caso más heterogéneo: Japón tiende a bebidas menos dulces, mientras que mercados como India o partes del sudeste asiático mantienen niveles más altos.

Fuentes consultadas: Action on Sugar, etiquetado nutricional oficial de Coca-Cola en Reino Unido, Estados Unidos y Japón, informes de Public Health England y análisis divulgativos de BBC Good Food.

El gusto del consumidor: importante, pero no suficiente.

Decir que “aquí gusta más lo dulce” suena tentador, pero explica poco si lo dejas ahí. El paladar se construye con referencias: lo habitual, los tamaños de envase, lo que se ha bebido durante años. Las marcas no buscan un gusto ideal abstracto; buscan que la bebida encaje con lo que el consumidor reconoce como “su” versión. Y para eso pueden ajustar azúcar, acidez o aromas sin cambiar el nombre.

El agua: el factor del que casi nunca se habla.

Aquí aparece otra idea engañosa: pensar que el agua es solo agua. El agua contiene minerales disueltos (calcio, magnesio, sodio, bicarbonatos) y eso influye en cómo se percibe una bebida. Las marcas tratan el agua, sí, pero no siempre parten del mismo punto ni usan los mismos procesos en todas partes.

En Estados Unidos se nota muy bien porque el agua cambia mucho por región. Se suele citar Las Vegas como ejemplo de agua dura, con una carga mineral alta, frente a zonas con aguas más blandas o con fuentes y tratamientos distintos, como ocurre en grandes áreas metropolitanas donde el suministro viene de cuencas diferentes. Para una industria que busca un perfil estable, ese punto de partida importa: cuando el agua cambia, a veces hay que retocar el resto de la fórmula para mantener el sabor.

El agua parece neutra, pero no lo es. Su composición también forma parte de la receta.

En Japón también hay contrastes conocidos. Fushimi, en Kioto, es famosa por aguas blandas asociadas a estilos de sake más suaves; Nada, cerca de Kobe, por aguas más duras ligadas a fermentaciones distintas y perfiles más secos. Aunque aquí hablamos de bebidas distintas, el principio es el mismo: el agua no es un fondo neutro, y puede obligar a ajustar acidez y aromas para que una marca global sea reconocible.

Entonces, ¿qué estamos bebiendo realmente?

No una receta fija, sino una versión local de una misma idea. La marca, el color y el aroma sirven para reconocer el producto, pero la mezcla exacta de agua, azúcares, edulcorantes y ácidos se adapta para funcionar en cada mercado.

Por eso una Fanta en Londres y otra en Nueva York se parecen, pero no son la misma bebida. No es sugestión ni nostalgia. Es química aplicada a contextos distintos.

Y con esto cerramos el refrescante post de hoy, como siempre, gracias por estar del otro lado, y… ¡hasta la próxima!

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