“La dosis hace el veneno.”- Paracelso.
Inspirada en el paso del Año de la Serpiente al Año del Caballo según el horóscopo chino (un sistema que asigna a cada año un animal con características simbólicas) hoy recordamos cómo algunas cosas pequeñas pueden tener un efecto enorme. Al igual que la Serpiente, que avanza sigilosa, existen moléculas invisibles capaces de detener algo tan básico y vital como la respiración. No necesitan grandes cantidades ni efectos espectaculares; basta con que encuentren el receptor adecuado.
Un ejemplo fascinante es la epibatidina, descubierta en la piel de una pequeña rana de la selva ecuatoriana. Durante un tiempo se estudió como un posible analgésico revolucionario, mucho más potente que la morfina. Pero su potencia tenía un problema: la línea entre aliviar el dolor y provocar un fallo respiratorio era extremadamente fina.
En este artículo veremos qué es esta molécula, cómo actúa en el sistema nervioso y por qué terminó acaparando titulares a nivel mundial.
El contexto: de laboratorio a tensión diplomática.
Durante décadas, la epibatidina fue un tema casi exclusivo de toxicólogos y farmacólogos. Sin embargo, su nombre apareció en medios internacionales cuando surgieron acusaciones de que un compuesto relacionado con esta sustancia podría haber sido utilizado en un caso político de alto perfil en Rusia.
Para situarlo, conviene recordar que las ranas dardo, de las que se aisló originalmente la epibatidina, producen por su piel toxinas extremadamente potentes. En dosis mínimas, estas moléculas pueden provocar parálisis muscular y fallo respiratorio, actuando de manera sigilosa y letal sobre el sistema nervioso. Esta combinación de alta toxicidad y discreción explica por qué la sustancia llamó tanto la atención de la ciencia como de escenarios fuera del laboratorio.
Autoridades occidentales señalaron que análisis toxicológicos habrían detectado trazas compatibles con un análogo estructural de epibatidina en muestras biológicas vinculadas al caso. El gobierno ruso rechazó esas conclusiones. La controversia generó tensiones diplomáticas y reavivó el debate sobre el uso de sustancias altamente tóxicas fuera de los marcos regulados.
Más allá del conflicto político, que sigue siendo objeto de disputas y versiones enfrentadas, el episodio puso en el centro de la conversación pública a una molécula que hasta entonces pertenecía casi exclusivamente al ámbito científico.
Y ahí surge la pregunta clave: ¿qué es exactamente la epibatidina y por qué sería tan peligrosa?
De la selva al laboratorio.
La epibatidina es un alcaloide natural aislado en 1974 de la rana Epipedobates anthonyi, originaria de Ecuador. Su fórmula molecular es C₁₁H₁₃ClN₂.
Como ocurre con otras ranas dardo, estos animales no producen completamente la toxina por sí mismos: la obtienen en parte de su dieta, especialmente de insectos que contienen alcaloides. En la naturaleza cumple una función defensiva. Es una señal química que disuade a posibles depredadores.

El periodista ruso y líder opositor al gobierno del presidente de Rusia, Alexei Navalny, en 2017. A la derecha, la rana dardo Epipedobates anthonyi, de la cual provino el veneno que, presuntamente, acabó con su vida.
Cómo actúa en el cuerpo.
La epibatidina se une a los receptores nicotínicos de acetilcolina, proteínas fundamentales para la comunicación entre neuronas y para la activación muscular. Estos receptores son esenciales para funciones como el movimiento voluntario y la respiración.
Este alcaloide los activa con una potencia muy superior a la nicotina. Esa activación intensa provoca primero sobreestimulación y luego bloqueo funcional. En dosis elevadas puede causar: convulsiones, parálisis muscular y falla respiratoria.
No destruye tejidos ni produce lesiones visibles. Interfiere con la señal nerviosa. Y eso es suficiente.
Por qué interesó a la medicina.
En los años 90 se descubrió que tenía un efecto analgésico extraordinariamente potente en modelos animales, incluso más que la morfina. Además, no actuaba sobre receptores opioides, lo que generó interés en un momento en que ya preocupaban los riesgos asociados a los opioides tradicionales.
Sin embargo, la ventana terapéutica era demasiado estrecha. La dosis necesaria para aliviar el dolor estaba demasiado cerca de la dosis que producía efectos tóxicos graves. Por ese motivo nunca se aprobó como medicamento.
¿Inspiró nuevos fármacos?
Sí. A partir de su estructura se desarrollaron análogos sintéticos con la intención de conservar el efecto analgésico reduciendo la toxicidad. Uno de los derivados más conocidos fue ABT- 594 (tebanicline), que llegó a ensayos clínicos.
Aunque mostró eficacia analgésica, también produjo efectos secundarios importantes, y su desarrollo fue finalmente abandonado. Es un ejemplo clásico en farmacología: una toxina natural puede servir como modelo para diseñar nuevos medicamentos, pero nunca se utiliza tal cual existe en la naturaleza.
La línea entre medicina y veneno.
La epibatidina recuerda algo fundamental en toxicología: la diferencia entre remedio y veneno no siempre está en la sustancia, sino en la dosis y en el control. Muchas moléculas que hoy utilizamos en medicina nacieron de compuestos que, en su forma original, eran peligrosos. La química no es buena ni mala por sí misma. Es poderosa. Lo que cambia todo es el contexto en el que se usa.
Y en este caso, ese contexto llevó a que una molécula descubierta en una rana ecuatoriana saliera del ámbito científico y entrara en la conversación internacional. Porque a veces, una estructura molecular basta para cruzar fronteras.
Y hasta aquí la curiosa nota de hoy, como siempre, gracias por estar del otro lado, y… ¡hasta la próxima!

