«Saludo, amigos, tripulantes de nuestra querida, contaminada y única nave espacial.» – Walter Martínez.
Del mismo modo que hace pocos días rendía homenaje a Erich von Däniken, hoy escribo estas líneas a propósito del reciente fallecimiento de Walter Martínez, ocurrido el pasado 22 de Enero. Dos personajes muy distintos entre sí, pero unidos por algo esencial: me enseñaron la vital importancia de cuestionar y tener criterio propio, sin repetir relatos ni aceptar explicaciones simplistas.
Han pasado los años, he visto y escuchado a muchos periodistas y analistas, y hoy lo puedo afirmar con absoluta convicción: ninguno como él. Era excepcional, irrepetible, impecable. Único. Una verdadera eminencia en el arte de comunicar y analizar el mundo.
Más allá de no compartir su postura política o ideológica, la excelencia, el rigor y el profesionalismo con los que abordaba la realidad internacional fueron incuestionables. Así que, sin más preámbulos, a continuación un pequeño (y muy necesario) homenaje a una leyenda, cuya trayectoria trascendió su tiempo y marcó a varias generaciones.
Una vida y un programa para entender el mundo.
Walter Martínez nació en Montevideo, Uruguay, en 1941. Fue un destacado periodista, corresponsal de guerra y analista internacional. Desde finales de los años sesenta, Venezuela fue el país desde el cual desarrolló gran parte de su carrera profesional y explicó la política internacional durante décadas.
Antes de convertirse en una referencia del análisis geopolítico en televisión, fue corresponsal de guerra y reportero internacional, cubriendo conflictos y procesos políticos en países como Irak, Irán, Líbano, Nicaragua, El Salvador y Panamá, entre otros escenarios marcados por la Guerra Fría y sus consecuencias. Esa experiencia de primera mano fue decisiva en su manera de entender la guerra: sin épica vacía, con memoria histórica y con una clara conciencia de sus costos humanos.
A finales de la década de 1970, Walter Martínez perdió la vista en su ojo derecho a causa de un accidente doméstico. Lo que podría haber sido una limitación se transformó con el tiempo en una de sus señas más reconocibles. El parche negro que lo acompañó desde entonces no solo pasó a formar parte de su imagen pública, sino también de su carácter: el de alguien que, pese a la adversidad, se negó a dejar de observar, analizar y explicar la realidad.
Desde esa perspectiva nació Dossier, un programa que estuvo al aire durante más de treinta años, algo excepcional en la televisión latinoamericana. No era un noticiero ni un espacio de opinión rápida, sino un programa dedicado a la interpretación de la política internacional, pensado para ir más allá de la inmediatez y ofrecer marcos de comprensión a largo plazo.
En muchos sentidos, Dossier fue la prolongación natural de la experiencia de Walter Martínez como corresponsal: había visto de frente aquello que otros contaban desde la comodidad de su estudio, y esa diferencia se reflejaba en cada análisis.
En pantalla no hacía falta más: Walter Martínez, su voz y un mapa. Sin teleprompter ni artificios, su sola presencia bastaba. Durante una hora completa, analizaba el mundo apoyándose en imágenes y referencias geográficas, demostrando que cuando hay método y conocimiento, no se necesitan apoyos externos. Sus análisis eran precisos y pausados; escucharlo resultaba casi hipnótico.
En cada emisión abordaba regiones, conflictos y acontecimientos en pleno desarrollo, incorporando antecedentes históricos, contexto cultural y claves geopolíticas para situar los hechos en un panorama más amplio. El objetivo no era decirle al espectador qué pensar, sino ofrecerle herramientas para comprender. Fue en ese espacio donde muchos (entre quienes me incluyo) aprendimos que la realidad internacional no es simple, que los hechos no ocurren de forma aislada y que entender bien lo que sea exige tiempo, atención y pensamiento crítico.
Con el tiempo, Walter Martínez se naturalizó venezolano y se integró plenamente a la vida intelectual y cultural del país. Se decía (y muchos lo comentaban) que, al recibir la ciudadanía, había solicitado un examen de cultura venezolana, no como exigencia legal, sino como gesto personal. No existen registros formales que confirmen este episodio, pero para quienes lo seguimos durante años, resultaba plenamente coherente con su intachable ética y el respeto hacia el país que le dio la oportunidad de desarrollar su vida y su obra.
Pensar en sistemas: ciencia, geopolítica y planeta.
Llegados a este punto, alguien podría preguntarse: ajá, ¿y todo esto qué tiene que ver con la química?
La respuesta es sencilla: tiene que ver con pensar en sistemas.
En química, rara vez se estudia un fenómeno aislado. Una reacción depende de condiciones, equilibrios, interacciones, energía y entorno. Cambiar una sola variable altera todo el sistema. Nada ocurre en el vacío. Entender la materia exige mirar el conjunto, no solo una parte.
Walter Martínez analizaba la geopolítica de una forma muy similar. No hablaba de países como entes aislados, sino como partes de sistemas complejos, donde interactúan historia, geografía, recursos, economía, cultura y poder. Un acontecimiento no se explica por una sola causa, del mismo modo que una reacción química no se explica observando un único reactivo fuera de su contexto.
Desde esta perspectiva, la geopolítica se parece mucho más a la química de lo que podría parecer a primera vista. Energía, petróleo, gas, minerales estratégicos, agua, rutas comerciales y territorios son, al mismo tiempo, materia de estudio científico y piezas centrales del tablero internacional. Decisiones políticas tomadas a miles de kilómetros tienen consecuencias físicas, químicas y ambientales reales, medibles y duraderas.
Por eso resultaba tan poderosa su forma de referirse a la Tierra como “nuestra querida, contaminada y única nave espacial”. Desde la química, esa metáfora es precisa: vivimos en un sistema cerrado, finito e interconectado, donde no existen procesos sin consecuencias ni un “afuera” donde expulsar residuos. Exactamente como en un laboratorio… pero a escala planetaria.
Pensar así (en sistemas, en interacciones, en consecuencias) es una forma de pensamiento que sirve tanto para la ciencia como para entender el mundo.
Rigor, ética y un mensaje final.
Al inicio de cada Dossier, más en específico (y si no me falla la memoria) los viernes, tras su mítica frase “Saludo, amigos, tripulantes de nuestra querida, contaminada y única nave espacial”, compartía tres expresiones cargadas de simbolismo:
“Shabat Shalom” (hebreo): un sábado de paz.
“Salaam Aleikum” (árabe): la paz sea contigo.
“Pax Vobis” (latín): la paz sea con vosotros.
Tres lenguas. Tres grandes tradiciones religiosas. Un mismo mensaje esencial: la paz. Como en la química, donde sistemas distintos pueden coexistir en equilibrio sin perder identidad, esa elección recordaba que la convivencia no exige uniformidad, sino respeto.
Concluía cada programa con una frase que se volvió patrimonio del periodismo y la televisión venezolanas:
“Disponga usted de las cámaras, señor director.”
Un cierre sobrio y coherente, sin estridencias ni protagonismo innecesario. Como en la ciencia, cuando se termina un experimento y se presentan los resultados sin adornos: el análisis está hecho; ahora corresponde al observador pensar y sacar sus propias conclusiones.
Para mí, y seguramente para muchos, se ha ido un gigante. Pero las leyendas no mueren: permanecen vivas a través de su legado, y el de Walter Martínez fue, sin lugar a dudas, inmenso. No tanto por la cantidad de programas ni por los años en pantalla, sino por una forma rigurosa y honesta de observar, de entender que el mundo está profundamente conectado y de asumir que informar es también un acto de responsabilidad.
Para despedir este pequeño homenaje, vaya un gran agradecimiento a quienes han llegado hasta aquí. Sé que el protagonista del post de hoy no es de fama mundial, pero precisamente por eso, sentí aún más la necesidad de inmortalizarlo y reivindicar su figura en este mi querido y muy apreciado blog. Porque la excelencia trasciende opiniones y cualquier ideología que se pueda tener, honor a quien honor merece. Al César lo que es del César.
Les dejó, para cerrar, un fragmento de uno de sus magistrales programas. Como dice su título: una clase de geopolítica. Muy top. Muy en línea, por cierto, con todo lo que les he contando recientemente sobre Venezuela.
Y ya sin más que añadir, como siempre, gracias por estar del otro lado y… ¡hasta la próxima!

