El agua: la paradoja del planeta azul y el caso Venezuela.

“Miles han vivido sin amor, pero nadie sin agua.” – W. H. Auden.

Planeta dividido entre sequía y abundancia de agua con una gota central que simboliza la escasez de agua dulce en la Tierra.

Mi padre siempre decía, y con conocimiento de causa, que algún día podría haber una gran guerra por el agua.

Durante mucho tiempo pensé que aquello era una exageración. Al fin y al cabo vivimos en un planeta cubierto de océanos y ríos. El agua parece tan abundante que cuesta imaginar un conflicto por ella.

Sin embargo, cuando se observa la cuestión desde la química y desde la distribución real del agua en el planeta, la historia empieza a verse de otra manera.  A continuación veremos por qué, cuando se miran los datos con un poco más de detenimiento, quizás la que estaba equivocada era yo.

Un planeta azul… con muy poca agua utilizable.

La mayor parte del agua de la Tierra no es apta para el consumo humano ni para la agricultura.

Cerca del 97 % del agua del planeta es salada. Solo una pequeña fracción es dulce, y buena parte de ella permanece atrapada en glaciares, casquetes polares o acuíferos profundos. El agua realmente accesible, la que encontramos en ríos, lagos o reservas subterráneas relativamente superficiales, representa una porción mínima del total.

Eso cambia bastante la percepción inicial. El planeta tiene mucha agua, sí. Pero la parte utilizable es mucho más limitada de lo que solemos imaginar.

Cuando el agua cruza fronteras.

La situación se vuelve más delicada cuando los recursos hídricos atraviesan varios países. Muchos de los grandes ríos del mundo nacen en un territorio, cruzan otros y terminan alimentando regiones enteras lejos de su origen.

En esos casos, las decisiones que se toman aguas arriba pueden afectar directamente a quienes dependen del agua aguas abajo. Una presa, un cambio en el uso agrícola o una sequía prolongada pueden alterar el equilibrio de todo un sistema fluvial.

Por eso la gestión del agua ya forma parte de negociaciones diplomáticas sensibles en distintas regiones del mundo. No siempre se traduce en conflictos abiertos, pero sí en tensiones periódicas, sobre todo allí donde el recurso es escaso o está mal distribuido.

El papel de la química.

La disponibilidad de agua no depende solo de su cantidad. La calidad química también importa.

Hay lugares donde el agua existe, pero presenta problemas de salinidad, contaminación o presencia de compuestos que obligan a tratarla antes de poder consumirla. Ahí entra una tecnología que suele aparecer como solución evidente: la desalinización.

Pero, ¿cómo se convierte exactamente el agua del mar en agua potable? El proceso combina principios de química, presión y filtración para separar las sales disueltas del agua.

Infografía que explica paso a paso cómo se desaliniza el agua del mar: captación de agua salada, pretratamiento, ósmosis inversa para separar las sales, postratamiento y distribución del agua potable.

Cómo se desaliniza el agua del mar: el proceso químico y tecnológico que permite convertir agua salada en agua potable mediante filtrado, ósmosis inversa y ajuste mineral.

Y sí, funciona. Hoy suministra agua potable a unos 300 millones de personas en todo el mundo. En varios países del Golfo, además, la desalinización sostiene una parte esencial del abastecimiento diario.

Pero aquí está el matiz importante: poder convertir agua salada en agua dulce no significa que el problema quede resuelto.

La desalinización requiere mucha energía, grandes infraestructuras y una gestión cuidadosa de residuos como la salmuera concentrada. La Agencia Internacional de la Energía advierte que, si crece de forma muy intensiva en energía y emisiones, puede incluso agravar algunos de los problemas ambientales que intenta aliviar.

Además, depende de instalaciones que pueden ser vulnerables. Un ejemplo reciente lo vimos en el Golfo Pérsico, donde un análisis de Associated Press subrayó hasta qué punto la seguridad hídrica regional depende de plantas expuestas a conflictos, ataques o fallos de infraestructura. Más del 90 % del agua desalinizada de la región proviene de solo 56 plantas especialmente sensibles a interrupciones.

También hay ejemplos que muestran el otro lado de la historia. Israel ha logrado generar un excedente de agua potable en gran parte gracias a la desalinización y a la reutilización de aguas residuales. Pero ese modelo descansa en planificación a largo plazo, capacidad tecnológica e inversión sostenida. No es una solución que todos los países puedan replicar con la misma facilidad.

En otras palabras, la tecnología ayuda. Y mucho. Pero por sí sola no elimina la desigualdad hídrica ni la dependencia geográfica, energética y económica.

Un ejemplo revelador: el caso de Venezuela.

Volvemos a hablar de Venezuela. Y es que, cuando en este blog hemos explorado el tema de los recursos estratégicos, como el petróleo, los minerales críticos o las tierras raras, el país suele aparecer inevitablemente en la conversación. Su geografía concentra una combinación poco común de recursos naturales que han marcado su historia económica y política.

Pero hay otro elemento que rara vez se menciona cuando se habla de Venezuela: sí, el agua.

El país se encuentra entre los territorios con mayor disponibilidad de agua dulce del planeta. Grandes sistemas fluviales como el Orinoco y una extensa red de ríos y acuíferos atraviesan su territorio. El Orinoco, de hecho, es uno de los ríos más caudalosos del mundo y da forma a una de las cuencas hidrográficas más importantes de América del Sur.

Confluencia del río Caroní (oscuro) y el Orinoco (más claro) en Venezuela. El Caroní contiene compuestos orgánicos disueltos de la vegetación, mientras que el Orinoco arrastra más sedimentos minerales. Sus aguas tardan un tramo en mezclarse. En primer plano aparece una tonina, el delfín del Orinoco. Foto vía Reddit.

Y sin embargo, aquí aparece una situación difícil de entender y aún más difícil de justificar. A pesar de esa enorme abundancia natural, el acceso regular al agua potable sigue siendo un problema cotidiano para millones de venezolanos. En muchas ciudades los cortes de agua pueden prolongarse durante días o semanas, y el suministro irregular obliga a las familias a almacenar agua o depender de camiones cisterna. A esto se suman los frecuentes apagones eléctricos, que afectan el funcionamiento de estaciones de bombeo y sistemas de distribución.

Quien les escribe lo vivió hace ya muchos años y aún hoy no deja de sorprenderse de que algo así ocurra en un país con semejante abundancia de agua. Y ni hablar de mi padre, que conocía bien el tema y siempre tenía algo que decir cada vez que vivíamos una situación así.

Todo esto, además, sigue ocurriendo en un momento especialmente delicado para el país. Tras la captura de Nicolás Maduro y el inicio de una transición política todavía incierta, Venezuela atraviesa una etapa de redefinición institucional en la que reconstruir servicios básicos como el suministro de agua será uno de los desafíos más urgentes.

Cuando un país con una de las mayores reservas de agua dulce del planeta enfrenta dificultades para garantizar el suministro a su propia población, la explicación rara vez está en la naturaleza. Con mucha más frecuencia apunta a problemas mucho más humanos: infraestructuras deterioradas, falta de inversión y una gestión profundamente deficiente.

Detenernos un momento en este caso ayuda a entender algo interesante. Así como existen países conocidos por sus reservas de petróleo o por sus minerales estratégicos, también hay territorios cuya ventaja geográfica está en la abundancia de recursos hídricos.

La maravillosa experiencia de correr a llenar tobos de agua y bañarse con “tibitos”, mientras desde el gobierno se atribuía el racionamiento al fenómeno de El Niño y se hablaba de lo bien que avanza el país. Avanzar, sí… pero hacia el abismo. Pensamientos que cruzaban mi mente cuando vivía esto. Nadie debería pasar por estas situaciones, y menos en un país tan rico incluso en ese recurso.

La «maravillosa» experiencia de correr a llenar tobos de agua y bañarse con “tobitos”, mientras desde el gobierno se atribuía el racionamiento al fenómeno de El Niño y se hablaba de lo bien que avanza el país. Avanzar, sí… pero hacia el abismo. Pensamientos que cruzaban mi mente cuando vivía esto. Algo surrealista, sobre todo, en un país tan rico incluso en ese recurso. Foto vía AFP.

Un recurso que solemos dar por sentado.

En la vida cotidiana, al menos en los lugares donde el suministro funciona con normalidad, el agua parece algo simple. Abrimos un grifo y aparece. Pero detrás de ese gesto hay redes de distribución, plantas de tratamiento, consumo energético e infraestructuras complejas que rara vez vemos.

Cuando esas infraestructuras fallan, la percepción cambia por completo. Lo que parecía un recurso infinito se convierte de pronto en algo frágil y limitado.

Por eso la gestión del agua se perfila cada vez más como uno de los grandes desafíos del siglo XXI. No necesariamente en forma de guerras abiertas, pero sí como un factor creciente en la estabilidad de muchas regiones del mundo. La escasez de agua combinada con el crecimiento de la población, ya está afectando a ciudades y países enteros.

Y todo gira alrededor de una molécula extraordinariamente sencilla.

H₂O.

Tan simple en su estructura química, y al mismo tiempo tan esencial para el funcionamiento de nuestras sociedades.

Así que, sí… mi padre tenía mucha razón.

Sin más que añadir, gracias por estar del otro lado, y… ¡hasta la próxima!

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