El rojo en Semana Santa: tres historias con más química de lo que parece.

«El color no es una propiedad de los objetos, sino una sensación producida en la mente.»- Isaac Newton.

El Martes hablábamos del robo de un cargamento de KitKat.

Y, casi sin querer, ese tema me llevaba a fijarme en algo muy específico: el color de su envoltorio.

Ahora, en plena Semana Santa, donde cada uno tiene un significado muy preciso dentro de la liturgia, del morado al blanco, hay uno que destaca especialmente en determinados momentos: el rojo.

Porque estos días están llenos de símbolos, pero también de procesos mucho más concretos de lo que se aprecia a simple vista.

Sudario de Turín y una imagen que sigue siendo extraña.

Pocas piezas han generado tanta discusión como el Sudario de Turín. En este caso, el vínculo con el rojo no está tanto en el color visible del tejido, sino en lo que representa: la sangre y el contexto en el que se sitúa la imagen.

Y, sin embargo, más allá de esa carga simbólica, lo interesante está en cómo está formada esa imagen.

Desde el punto de vista químico, uno de los aspectos más llamativos es que no encaja con una pintura convencional. Los análisis del llamado Shroud of Turin Research Project (STURP), un equipo multidisciplinar que estudió directamente el lienzo en 1978, apuntaron a que la imagen no está compuesta por pigmentos añadidos.

El Sudario de Turín en distintas representaciones: una imagen cuya formación sigue generando debate.

En su lugar, plantearon que podría tratarse de una alteración superficial de las fibras de lino, vinculada a procesos de oxidación y deshidratación de la celulosa. Es decir, no habría una capa aplicada sobre el tejido, sino una modificación extremadamente fina del propio material, limitada a las capas más externas de las microfibrillas y sin penetrar en profundidad, lo que reduce considerablemente el abanico de explicaciones físicas posibles.

Eso, sin embargo, no cierra el debate.

La datación por radiocarbono publicada a finales de los años 80 en la revista Nature situó el origen del lienzo en la Edad Media, un resultado que sigue siendo una referencia dentro de la discusión científica.

Más allá de las interpretaciones, lo verdaderamente interesante está en otro punto: cómo una alteración microscópica en la estructura de un material puede llegar a generar una imagen perfectamente visible a simple vista.

Convertir agua en vino y lo que implicaría realmente.

El episodio de las bodas de Caná es uno de los relatos más conocidos del Evangelio y, visto desde la química, plantea una pregunta bastante concreta: qué tendría que ocurrir para transformar agua en vino en un sentido material.

“Las bodas de Caná”, de Paolo Veronese (1563). Un episodio cargado de simbolismo que, visto desde la química, invita a preguntarse qué implicaría realmente transformar agua en vino.

Porque el vino está muy lejos de ser simplemente agua con color. Se trata de una mezcla compleja en la que, además de agua y etanol, aparecen ácidos orgánicos, azúcares residuales, compuestos fenólicos, pigmentos y moléculas aromáticas. De hecho, diferentes análisis químicos coinciden en una idea clave: aunque la mayor parte de su composición es agua y alcohol, es una fracción mucho más pequeña la que determina realmente su sabor, aroma y características.

Existen incluso demostraciones en las que el agua “se convierte en vino” ante los ojos del espectador. En realidad, lo que ocurre es un cambio de color provocado por indicadores químicos sensibles al pH, como la fenolftaleína, que pasa de incolora a rojiza en determinadas condiciones. El efecto es convincente, pero la composición del líquido sigue estando muy lejos de lo que químicamente definiría un vino.

Alcanzar esa combinación no es inmediato. En condiciones normales requiere fermentación, un proceso bioquímico en el que las levaduras transforman azúcares en etanol y dióxido de carbono y que, como es lógico, necesita tiempo para desarrollarse.

El color del vino tinto depende en gran medida de pigmentos como las antocianinas y de su estabilidad dentro de la mezcla. Son estos compuestos los que dan al vino ese tono rojizo tan característico. Sin ellos, el resultado podría tener otro aspecto, pero difícilmente sería reconocible como vino en un sentido químico riguroso.

Visto así, la transformación no sería solo un cambio visual, sino la generación casi instantánea de una composición química compleja y equilibrada.

El cielo en Australia y por qué parecía casi apocalíptico.

Aquí el rojo deja de ser simbólico y pasa a tener una base completamente física.

Hace apenas unos días, el cielo en Australia Occidental adquirió un tono rojizo intenso antes del paso de un sistema ciclónico. En zonas como Shark Bay, distintos medios internacionales explicaron el fenómeno como el resultado de una combinación bastante concreta: viento fuerte, suelo seco y grandes cantidades de polvo en suspensión.

Cielos rojizos en Australia Occidental durante un episodio reciente que transformó por completo la percepción del paisaje

Ese detalle es clave, porque no se trata de cualquier tipo de polvo. Gran parte del suelo australiano contiene óxidos de hierro y, cuando ese material se fragmenta y se eleva, mantiene sus propiedades ópticas, interactuando con la luz de una forma muy específica.

A partir de ahí entra en juego el comportamiento de la luz en la atmósfera. En condiciones normales domina la dispersión de Rayleigh, que se produce cuando la luz interactúa con partículas muy pequeñas, como las moléculas del aire, favoreciendo las longitudes de onda más cortas y dando lugar al color azul del cielo.

Sin embargo, cuando aparecen partículas de mayor tamaño, como ocurre con el polvo mineral, ese equilibrio se altera. En ese contexto cobra importancia la dispersión de Mie, menos selectiva, que modifica la distribución del espectro que llega al observador.

El efecto no es difícil de percibir: el azul pierde intensidad y los tonos rojos y anaranjados pasan a dominar la escena. En este caso, la concentración de partículas fue lo suficientemente alta como para que ese cambio resultara especialmente evidente, algo que los organismos meteorológicos australianos llevan tiempo describiendo en sus materiales divulgativos.

En pocas palabras, no cambió el cielo, sino el medio a través del cual lo estábamos viendo.

Y, en el fondo, eso es lo que comparten todas estas escenas: no tanto lo que representan, sino cómo la materia interactúa con la luz y termina dando lugar a lo que percibimos.

Sin más que añadir, espero que estén disfrutando mucho estos días. Como siempre, gracias por leerme, y… ¡Hasta la próxima!

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