«Primero formamos hábitos, luego ellos nos forman a nosotros.»- John Dryden.
Aprovechando que hoy es Viernes 1 de Mayo, Día del Trabajador, este post de fin de semana parte de una pregunta muy ajustada a la ocasión: ¿qué papel está empezando a ocupar el alcohol en nuestra forma de desconectar, celebrar y socializar?
Durante años, el alcohol fue casi un invitado imprescindible en cualquier plan compartido. Una comida, una salida, una fiesta o el comienzo de unos días de descanso solían ir acompañados de una copa, una cerveza o algún brindis.
Hoy, esa presencia empieza a cuestionarse.
No es un cambio brusco ni implica su desaparición del ocio juvenil. Más bien, lo que se percibe es una evolución gradual en la manera de incorporarlo: en qué momentos aparece, qué protagonismo tiene, qué motiva su elección y qué otras opciones comienzan a ocupar ese lugar.
A continuación, exploramos cómo está cambiando dentro de las formas de encuentro y disfrute.
Una relación menos automática.
Cuando hablamos de “jóvenes” conviene hacer una aclaración. Aunque la edad no define por completo los hábitos de una persona, para analizar tendencias hace falta trabajar con rangos concretos. En este artículo nos referimos sobre todo a adultos jóvenes, especialmente a la Generación Z en edad legal de consumo, que en muchos estudios se sitúa aproximadamente entre los 18 y 27 años, aunque algunos informes amplían el análisis hasta los 34 años para comparar con otros grupos de edad.
También conviene aclarar el origen de los datos. Buena parte de las cifras concretas citadas proceden de Estados Unidos, especialmente las de NielsenIQ, Circana/NCSolutions y Gallup. Aun así, no parece tratarse de una tendencia exclusivamente estadounidense. IWSR analiza 15 mercados y observa cambios en la relación de la Generación Z con el alcohol en países como Estados Unidos, Reino Unido y Australia. Por eso, más que extrapolar los porcentajes al resto del mundo, lo prudente es leerlos como señales de una tendencia más amplia: una relación menos automática y más selectiva con el consumo de alcohol.
Los datos publicados en 2026 apuntan en esa dirección. IWSR identifica la evolución de la relación de la Generación Z con el alcohol como uno de los factores que están moldeando el mercado de bebidas alcohólicas en 2026 y los próximos años. La clave no es que este grupo haya abandonado por completo el alcohol, sino que está redefiniendo el lugar que ocupa en sus planes sociales.
También NielsenIQ señala en 2026 que la Gen Z en edad legal de consumo todavía representa una parte pequeña del mercado en Estados Unidos, con el 11 % de los hogares compradores de alcohol y el 7 % del gasto, pero su influencia es mayor de lo que indican esas cifras. Sus preferencias se inclinan hacia productos listos para beber, variedad, sabores intensos y ocasiones concretas.
Esto matiza bastante la idea de que todos los jóvenes hayan dejado de consumir alcohol. De hecho, Circana también advertía en 2026 que la conversación sobre la Gen Z puede estar sobredimensionada frente a su peso real en el mercado, aunque este grupo sigue influyendo en formatos, sabores, ocasiones de consumo y alternativas al alcohol.
Lo que cambia es la relación con la bebida. Consumir alcohol deja de ser una inercia social y empieza a parecerse más a una elección concreta. Se elige mejor la ocasión, el tipo de producto y el motivo. En ese contexto, el dato de Circana/NCSolutions de Diciembre de 2024 sigue siendo útil como fotografía de una tendencia que ya venía tomando fuerza: el 65 % de la Generación Z en Estados Unidos declaraba tener intención de reducir su consumo en 2025, y un 39 % planeaba adoptar un estilo “dry” durante todo el año.

Encuesta realizada en Diciembre de 2024 sobre intención de consumo para 2025. El dato ayuda a contextualizar una tendencia que los análisis publicados en 2026 siguen observando.
Una forma sencilla de resumirlo sería esta: el alcohol no desaparece del ocio joven, pero deja de ocupar un lugar automático. Ahí está el cambio de fondo.
La salud pesa cada vez más.
Uno de los drivers, o factores, más consistentes detrás de este cambio es la percepción del riesgo, especialmente entre los adultos jóvenes, aunque no se limita a ellos. Gallup registró en 2025 un mínimo histórico en el porcentaje de adultos estadounidenses que afirman consumir alcohol: 54 %. Además, la preocupación por un consumo moderado ha crecido en todos los grupos de edad, con especial intensidad entre los 18 y 34 años.
Este cambio no se explica solo por una cuestión cultural, sino también por una mejor comprensión de lo que ocurre a nivel biológico. El alcohol de las bebidas es etanol y, en el organismo, una de sus principales rutas metabólicas produce acetaldehído, una molécula reactiva y tóxica. El National Cancer Institute señala que el acetaldehído puede dañar el ADN y las proteínas, uno de los mecanismos que ayuda a explicar la relación entre consumo de alcohol y riesgo de cáncer.
La Organización Mundial de la Salud también ha sido clara: el alcohol está relacionado con al menos siete tipos de cáncer, y tanto el etanol como el acetaldehído participan en ese riesgo.
Este mayor conocimiento no se queda en lo teórico. Está influyendo en cómo se toman decisiones: se seleccionan mejor las ocasiones, se reduce la frecuencia o se incorporan alternativas sin alcohol. Detrás del cambio cultural también hay química, pero sobre todo una mayor conciencia de sus efectos.
El auge de las bebidas sin alcohol.
La industria ha reaccionado con rapidez a este cambio. Las bebidas 0.0, los vinos desalcoholizados, los cócteles sin alcohol y las opciones de baja graduación han dejado de ser alternativas marginales para ganar cada vez más presencia en supermercados, bares y cartas de restaurantes.
Muchas de estas propuestas ya no se plantean como una renuncia, sino como una elección con identidad propia: sabor, ritual, estética y experiencia, pero con menos alcohol o sin alcohol.

Proyección del mercado de cerveza sin alcohol y baja graduación entre 2022 y 2035, según Global Market Insights.
Desde el punto de vista técnico, el desafío es considerable. El etanol aporta cuerpo, actúa como vehículo de aromas y condiciona la sensación en boca. Al retirarlo, la industria debe reconstruir parte de esa experiencia mediante procesos de desalcoholización, fermentaciones controladas, gestión de compuestos aromáticos y formulación sensorial.
La química de alimentos y bebidas se convierte así en protagonista silenciosa de esta tendencia, ayudando a redefinir cómo se diseñan y se viven estas experiencias.
Más allá de cifras o modas, el cambio apunta a algo más profundo: una relación más consciente, más selectiva y menos automática con el alcohol.
Y hasta aquí el post de esta ocasión. Les deseo un feliz Día del Trabajador, que puedan descansar y disfrutarlo como merecen. Como siempre, muchas gracias por leerme y… ¡Hasta la próxima!
