Doble terremoto en Venezuela: lo que falla antes del colapso…

«Una onza de prevención vale una libra de cura.» – Benjamin Franklin.

El 24 de Junio de 2026, Venezuela fue sacudida por dos terremotos fuertes y diferenciados. Primero ocurrió un sismo de magnitud 7,2 y, 39 segundos después, un segundo terremoto de magnitud 7,5.

Al conocer la noticia, me vino inevitablemente a la memoria la tragedia de Vargas de 1999. No porque ambos hechos respondan al mismo fenómeno (no lo hacen), sino porque ambos obligan a mirar un territorio cuya vulnerabilidad era conocida.

Para quienes mantenemos vínculos afectivos con Venezuela, esto no se reduce a cifras ni a imágenes de edificios derrumbados. Es una tragedia que se vive con tristeza, preocupación, impotencia y muchas preguntas.

Este artículo no pretende convertir esa experiencia en una explicación fría, sino comprender qué ocurre cuando la Tierra libera energía, cómo responden los materiales y por qué la prevención sigue siendo una cuestión científica, humana e institucional.

A continuación, abordamos esta tragedia desde la relación entre la química, el territorio, las infraestructuras y la prevención, con el máximo respeto por las víctimas, sus familias y todas las comunidades afectadas.

La dimensión de las magnitudes.

La magnitud sísmica no funciona de forma lineal. Una diferencia de 0,3 puede parecer pequeña, pero equivale aproximadamente a 2,8 veces más energía liberada.

Por eso, el terremoto de 7,5 no fue solo “un poco más fuerte” que el de 7,2: liberó cerca de 2,8 veces más energía. Considerados en conjunto, ambos eventos liberaron aproximadamente 3,8 veces la energía de un único terremoto de magnitud 7,2.

El terremoto de Haití de 2021 fue también de magnitud 7,2; por tanto, el segundo sismo venezolano liberó alrededor de 2,8 veces su energía. Y, tomando como referencia la magnitud 6,3 citada por un estudio histórico del USGS para el terremoto de Caracas de 1967, el evento de 7,5 representó aproximadamente 63 veces más energía.

Estas comparaciones sirven para dimensionar lo ocurrido, pero no explican por sí solas los derrumbes. También influyen la profundidad, la distancia, la duración del movimiento, el suelo y el estado real de las edificaciones.

La química no provoca los terremotos: su origen es tectónico. Pero ayuda a entender por qué algunos materiales responden mejor que otros y por qué una estructura puede llegar debilitada al momento en que más necesita resistir.

La química de lo que se agrieta.

El hormigón armado combina cemento, agua, arena, grava y acero. En buenas condiciones, su medio altamente alcalino protege las barras de acero internas. Sin embargo, con los años, el dióxido de carbono puede penetrar en sus poros y reaccionar con el hidróxido de calcio:

CO₂ + Ca(OH)₂ → CaCO₃ + H₂O

Este proceso, llamado carbonatación, reduce la alcalinidad del hormigón y debilita la protección química del acero.

Este punto adquiere especial relevancia en La Guaira, una zona costera y una de las más afectadas. La humedad y las sales presentes en el aire marino añaden otro riesgo: los cloruros pueden penetrar en el hormigón, alterar la protección del acero y favorecer la corrosión de las armaduras.

Cuando el acero se corroe, pierde sección; además, el óxido ocupa más volumen y ejerce presión desde dentro. El resultado puede ser grietas, desprendimientos y una menor capacidad resistente.

El calor, por sí solo, no explica un colapso. Pero las temperaturas elevadas y los cambios térmicos hacen que los materiales se dilaten y contraigan. Si ya existen fisuras o juntas deterioradas, esos ciclos pueden facilitar la entrada de agua, dióxido de carbono y sales; además, la combinación de calor y humedad puede acelerar la corrosión una vez que las armaduras quedan expuestas.

Por eso, una fisura visible no siempre nace el día del terremoto. Puede ser la manifestación final de un deterioro silencioso que llevaba años avanzando.

Una estructura sismorresistente no está diseñada para permanecer inmóvil: está diseñada para moverse sin colapsar. Debe deformarse de forma controlada y distribuir la energía del sismo sin fallas súbitas. Pero ese diseño necesita materiales durables, inspecciones y mantenimiento continuado.

El agua, el suelo y la memoria de Vargas.

La tragedia de Vargas de 1999 no fue un terremoto. Fue una catástrofe desencadenada por lluvias extremas, deslizamientos, inundaciones y grandes flujos de detritos que descendieron por las laderas hacia las comunidades costeras, dejando un desolador panorama, tal y como se observa en la siguiente foto cortesía de Getty Images:

También aquí la química (y, más ampliamente, la físicoquímica del suelo) ayuda a comprender lo ocurrido. Cuando el agua se infiltra, aumenta la presión en los poros del terreno y reduce la resistencia entre sus partículas. En laderas ya pronunciadas, esa pérdida de estabilidad puede favorecer deslizamientos.

La mezcla de agua, arcillas, limos, rocas y materia arrastrada puede convertirse en un flujo capaz de transportar bloques enormes y destruir infraestructuras a su paso.

OJO: No es que el deslave de Vargas y el doble terremoto de 2026 son «lo mismo». Pero ambos recuerdan que, en un territorio de pendientes, quebradas, suelos complejos y una franja costera densamente ocupada, el agua, el suelo y los materiales deben formar parte de cualquier política de prevención.

La misma Tierra, vulnerabilidades distintas.

En esas mismas horas también se registraron otros terremotos: uno de magnitud 5,6 en el norte de California, cerca de Redwood Valley, y otro de magnitud 6,9 frente a la costa noreste de Japón, en la zona de Iwate. El primero dejó cortes eléctricos y daños menores; el segundo activó revisiones e interrupciones preventivas, sin daños graves reportados inicialmente.

No son eventos idénticos: variaron la magnitud, la profundidad, la distancia a las zonas habitadas, el suelo y las condiciones locales. Pero el contraste sigue siendo incómodo: la tragedia no la produce únicamente el terremoto; también la producen las vulnerabilidades acumuladas.

En La Guaira, esa reflexión resulta inevitable. Entre las edificaciones afectadas se encuentran al menos dos urbanismos de la Gran Misión Vivienda Venezuela en Playa Grande: Ciudad Hugo Chávez Frías y Luisa Cáceres de Arismendi, construidos después de la tragedia de Vargas. El fotoperiodista Daniel Hernández, de El Estímulo, documentó el 26 de Junio la situación de ambos urbanismos de Misión Vivienda, hoy inhabitables. Incluso edificaciones de pocos pisos colapsaron ante el movimiento telúrico.

Sin peritajes no es posible atribuir una causa técnica concreta ni responsabilidades individuales. Pero tampoco es aceptable reducir lo ocurrido a una fatalidad. Cuando unas edificaciones resisten y otras colapsan, deben investigarse el diseño, los materiales, el control de calidad, la supervisión de obra y el mantenimiento posterior.

En un territorio cuya fragilidad era conocida, prevenir no era opcional: era una responsabilidad pública. Reconstruir después de una tragedia no puede significar únicamente levantar viviendas, sino construir, inspeccionar y mantener para proteger la vida.

Y sin más que añadir, cierro aquí la muy triste publicación de hoy.

Desde este espacio, envío mis más sinceras condolencias a las familias de las personas fallecidas, así como todo mi apoyo, cariño y solidaridad a quienes han resultado afectados por esta tragedia, a quienes han perdido sus hogares y a las comunidades que hoy enfrentan sus consecuencias.

Como siempre, muchas gracias por leerme. Hasta una próxima entrega.

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