«Nada es demasiado maravilloso para ser cierto si es consistente con las leyes de la naturaleza.» – Michael Faraday

Han sido días especialmente ajetreados para quien les escribe y el blog ha estado algo más silencioso de lo habitual.
Empezamos Noviembre y no quería dejar pasar estas fechas sin cumplir con una pequeña tradición de Cuestión de Química: nuestro Halloween Químico. Y este año, una investigación publicada hace apenas unos días nos lleva hasta el antiguo Egipto.
La protagonista de esta historia, como no podía ser de otra manera, es una momia. En este caso, una de casi tres milenios de antigüedad que todavía conservaba información capaz de sorprender a los investigadores.
¿Qué encontraron y cómo consiguió la química revelar algo que había permanecido oculto durante tantos siglos?
Un secreto escondido entre las moléculas.
La historia no comienza en una excavación reciente. El cráneo que protagoniza este estudio llevaba tiempo conservado en la Colección Zoológica de la Universidad de Marburgo, en Alemania, una colección que reúne alrededor de 30 cráneos momificados procedentes de Egipto.
Como ocurre con muchas piezas que llegaron a colecciones europeas durante el siglo XIX, su historia no está completamente documentada. Se sabe que varios de estos cráneos forman parte de la colección desde aproximadamente 1880, pero las fuentes publicadas sobre el nuevo estudio no indican cuándo fue encontrado este ejemplar concreto ni las circunstancias exactas en las que llegó a Alemania.
Lo que sí ha podido averiguarse ahora es su antigüedad. Mediante datación por radiocarbono, una técnica que permite estimar la edad de materiales orgánicos a partir del carbono-14 que todavía conservan, los investigadores situaron el cráneo aproximadamente en el siglo VIII a. C., hace unos 2.700 años.
¿Por qué estudiarlo ahora?
Un equipo interdisciplinario de la Universidad de Marburgo quería investigar qué sustancias naturales utilizaron los antiguos egipcios durante el embalsamamiento y hasta qué punto podemos identificarlas miles de años después. Para ello reunió 24 objetos conservados en distintas colecciones universitarias y museísticas, entre ellos restos momificados, vendas, residuos de embalsamamiento y antiguos preparados relacionados con momias.
El trabajo, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), combina química, egiptología e historia de la farmacia.
Y cuando los investigadores analizaron los residuos conservados en aquel cráneo apareció algo inesperado. Encontraron compuestos químicos asociados a plantas del género Aloe. Entre ellos había sustancias relacionadas con la aloína y las aloeresinas. En el caso de la aloeresina A, su identidad pudo confirmarse comparando la señal obtenida con la de una muestra auténtica de la misma sustancia.
Después de unos 2.700 años, todavía quedaba una huella química reconocible.
¿Cómo se identifica una sustancia después de tantos siglos?
Una muestra de esa antigüedad puede ser químicamente muy compleja. Las sustancias originales se degradan, se oxidan, reaccionan con el entorno y generan nuevos compuestos. A ello pueden sumarse contaminantes incorporados durante siglos de manipulación y conservación.
Para estudiar esa mezcla, los investigadores utilizaron cromatografía líquida acoplada a espectrometría de masas en tándem, conocida como LC-MS/MS por sus siglas en inglés.
La técnica combina dos pasos. Primero, la cromatografía líquida separa poco a poco los distintos compuestos presentes en la muestra, de manera que puedan analizarse con mayor claridad. Después, la espectrometría de masas aporta información sobre esas moléculas a partir de su masa y de los fragmentos que se forman cuando se rompen de manera controlada.
Ese patrón de masas y fragmentos funciona como una especie de huella química. Al compararlo con el de sustancias conocidas, los investigadores pueden obtener pistas muy precisas sobre qué compuestos estaban presentes en la muestra.
De forma simplificada, el proceso va desde una pequeña cantidad de residuo de embalsamamiento hasta la separación de sus componentes y la identificación de señales químicas asociadas al Aloe.

El equipo empleó también metabolómica no dirigida. Los metabolitos son moléculas relativamente pequeñas producidas o transformadas por los seres vivos. En este tipo de análisis se registra un gran número de señales químicas sin limitar la búsqueda a unas pocas sustancias previamente seleccionadas. Después, esas señales se comparan y se buscan patrones que permitan relacionarlas entre sí, un enfoque ampliamente utilizado en la metabolómica basada en espectrometría de masas.
Varias moléculas relacionadas pueden formar una huella química característica y ayudar a revelar el origen de un material incluso después de muchos siglos.
Así apareció la pista del Aloe.
Una planta con una historia química sorprendente.
Los compuestos asociados al Aloe aparecieron únicamente en dos de los 24 objetos analizados. Por ahora, esto no permite saber con qué frecuencia se utilizaba esta planta en el antiguo Egipto, qué función podía cumplir o si su presencia estaba limitada a determinadas épocas, lugares o prácticas de embalsamamiento.
Lo realmente novedoso es que hasta ahora no se había identificado mediante análisis molecular Aloe en materiales de embalsamamiento del antiguo Egipto, según explica la Universidad de Marburgo. Estudios anteriores ya habían detectado resinas y alquitranes de coníferas, resina de pistacho, aceites vegetales, grasas animales, cera de abeja y betún. El nuevo hallazgo añade otra pieza a ese complejo conjunto de sustancias.
Y aquí aparece una conexión curiosa con el presente. Miles de años después, el Aloe vera continúa despertando un importante interés científico e industrial por la variedad de compuestos que contiene.
Entre ellos destacan los polisacáridos, moléculas de gran tamaño formadas por largas cadenas de unidades de azúcares. Uno de los más estudiados es el acemanano, un polisacárido acetilado característico del gel interno de Aloe vera. Su estructura y sus propiedades se investigan actualmente por su posible aprovechamiento en campos como los biomateriales, los alimentos funcionales y los productos cosméticos, además de otras aplicaciones relacionadas con la biomedicina. Una revisión científica publicada en 2026 analiza precisamente el creciente interés por estos polisacáridos y también señala que todavía existen retos relacionados con su caracterización, estandarización y aplicación.
Todavía no sabemos qué especie concreta del género Aloe utilizaron los antiguos egipcios ni qué propiedades buscaban al incorporarla a estos materiales. Aun así, la conexión resulta fascinante: una planta que seguimos estudiando químicamente en pleno siglo XXI ya pudo formar parte de determinadas prácticas egipcias hace casi tres mil años.
Cuando la química nos hace volver a los textos antiguos.
El descubrimiento llevó a los investigadores a revisar antiguas fuentes egipcias. Su atención se centró en una sustancia denominada ꜥnḫ-jm.j, un término cuya traducción exacta todavía no conocemos.
Algunas descripciones antiguas sobre sus características y su utilización permiten plantear que pudiera referirse al Aloe o a algún producto obtenido de esta planta, como una sustancia secretada por ella. Por ahora, esta relación sigue siendo una hipótesis y hacen falta más evidencias para confirmarla.
La idea puede resumirse así: una pista química descubierta hoy lleva a los investigadores a regresar a un término escrito hace miles de años y preguntarse si ambos podrían estar relacionados.

Aquí aparece una de las partes más interesantes del trabajo. Unas moléculas detectadas con técnicas modernas permiten formular nuevas preguntas sobre textos que todavía contienen palabras difíciles de interpretar. De esta forma, la química aporta pistas para comprender la historia y las fuentes antiguas ayudan a dar contexto a los resultados del laboratorio.
Cuando las moléculas conservan lo que los documentos pierden.
El estudio reveló además otra conexión inesperada. Al comparar mediante metabolómica los perfiles químicos de varias muestras conservadas en el Museo Alemán de Farmacia de Heidelberg, los investigadores encontraron similitudes llamativas entre una cabeza momificada y una muestra de polvo catalogada por separado.
Los registros de la colección no documentan una relación entre ambas piezas. Sin embargo, sus patrones moleculares sugieren que pudieron compartir algún vínculo material o histórico, según explica la Universidad de Marburgo.
Esto abre una posibilidad interesante para los museos. A lo largo de décadas o siglos, algunas piezas pueden perder sus etiquetas originales, cambiar de propietario o separarse de otros objetos con los que estaban relacionadas. Comparar sus perfiles químicos puede aportar pistas sobre su procedencia, es decir, sobre su origen y recorrido histórico.
Las moléculas pueden conservar información que ya no aparece en los archivos.
Después de casi 3 mil años.
Las momias llevan siglos ocupando un lugar especial en el imaginario colectivo. Las asociamos con tumbas, misterios, maldiciones y, por supuesto, con Halloween. Pero detrás de esa imagen popular hay algo todavía más interesante: materiales reales que han atravesado milenios conservando información química.
En este caso, un cráneo momificado de unos 2.700 años ha proporcionado nuevas pistas sobre los materiales empleados en el antiguo Egipto. A partir de unos restos químicos casi invisibles, los investigadores han llegado hasta una planta que seguimos estudiando en la actualidad, han vuelto a examinar antiguos textos egipcios y han encontrado incluso posibles conexiones entre objetos cuya historia se había perdido.
Y todavía quedan preguntas: ¿para qué se utilizaba exactamente el Aloe? ¿Su empleo era excepcional? ¿Aparecerá también en otras momias cuando se analicen nuevas muestras?
Quizá ahí esté lo más fascinante de esta historia y la razón por la que encaja tan bien en nuestro Halloween Químico. Detrás del misterio que durante tanto tiempo ha rodeado a las momias, la ciencia sigue encontrando historias reales que todavía no conocíamos.
Después de casi 3.000 años, aquel cráneo momificado todavía tenía algo que contar. Y esta vez fue la química la que consiguió escucharlo.
Sin más que añadir, espero que esta historia les haya resultado interesante. Como siempre, gracias por leerme y hasta la próxima.