«La ciencia de hoy es la tecnología del mañana.» – Edward Teller
En el artículo anterior vimos cómo el ébola, el chocolate y el coltán podían estar conectados por algo aparentemente invisible: las complejas cadenas químicas y materiales que sostienen el mundo moderno.
Con la inteligencia artificial ocurre algo parecido.
A simple vista, los sistemas de IA parecen depender únicamente de algoritmos, centros de datos y potencia de cálculo. Pero detrás de ellos existe una infraestructura mucho más frágil y desconocida de lo que imaginamos.
Una infraestructura donde intervienen materiales ultrapuros, sistemas láser capaces de trabajar a escala nanométrica y cadenas de suministro tan delicadas que un conflicto a miles de kilómetros puede alterar directamente la fabricación mundial de chips.
Y es aquí donde química, tecnología y geopolítica vuelven a cruzarse de una forma inesperada.
