«La ciencia y la vida cotidiana no pueden ni deben separarse.» – Rosalind Franklin
Una caja de pizza, un envoltorio resistente a la grasa o determinados envases de comida para llevar tienen que enfrentarse a un pequeño desafío químico: evitar que la humedad y los aceites atraviesen el material. Para conseguirlo se han utilizado, entre otras soluciones, PFAS, una gran familia de sustancias químicas fluoradas capaces de aportar propiedades repelentes frente al agua y a ciertos compuestos lipídicos.
Ahora, la Unión Europea ha establecido nuevos límites a su presencia en los envases destinados al contacto con alimentos. Pero ¿qué son exactamente estos llamados «químicos eternos» y por qué unas sustancias que han resultado tan útiles han terminado en el punto de mira?
La respuesta está, en buena medida, en su estructura molecular y en uno de los enlaces más fuertes de la química orgánica: el enlace carbono-flúor (C-F).
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