«Los perros pueden ser una ayuda extraordinaria, pero no hacen milagros.» – Marcia Koenig, guía de perros de búsqueda y rescate.

Hace poco llegó a mí una noticia, recogida por distintos medios, que me causó mucha tristeza y que, además, me impulsó a escribir este nuevo artículo.
El pasado mes de Julio, a raíz del doblete sísmico que sacudió Venezuela, les hablé de la química de los rescates. En aquella ocasión exploramos algunos de los procesos químicos que pueden entrar en juego durante y después de una catástrofe, desde la extraordinaria capacidad de los perros para localizar personas bajo los restos de una edificación hasta lo que puede suceder cuando parte de esos materiales termina en el mar. Entre sus protagonistas estaba Tsunami, el border collie venezolano que colaboró en las labores de búsqueda.
Esta vez, otra historia relacionada con aquellas operaciones me llevó a observar ese mismo escenario desde una perspectiva diferente. Su protagonista es Quino, un labrador de la ONG valenciana Intervención, Ayuda y Emergencias (IAE) que viajó a Venezuela para ayudar en la búsqueda de supervivientes. Poco después de regresar a España comenzó a sufrir graves problemas de salud, entre ellos persistentes hemorragias nasales. Durante más de dos meses recibió tratamientos y transfusiones mientras se intentaba averiguar qué estaba ocurriendo. Finalmente, falleció este pasado fin de semana tras sufrir un nuevo fallo multiorgánico que afectó al hígado y a los riñones.
No se sabe si lo que le ocurrió estuvo relacionado con su trabajo en Venezuela, y sería incorrecto establecer una relación que no ha podido demostrarse. Sin embargo, su caso dejó sobre la mesa una pregunta que no habíamos abordado entonces: ¿a qué están expuestos realmente los animales y las personas que trabajan durante días entre los escombros de una catástrofe?
Porque entre las ruinas hay mucho más que polvo: existe una química invisible que puede esconder riesgos para quienes se adentran en ellas.
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