La química de los escombros: el peligro invisible después de un desastre…

«Los perros pueden ser una ayuda extraordinaria, pero no hacen milagros.» – Marcia Koenig, guía de perros de búsqueda y rescate.

Hace poco llegó a mí una noticia, recogida por distintos medios, que me causó mucha tristeza y que, además, me impulsó a escribir este nuevo artículo.

El pasado mes de Julio, a raíz del doblete sísmico que sacudió Venezuela, les hablé de la química de los rescates. En aquella ocasión exploramos algunos de los procesos químicos que pueden entrar en juego durante y después de una catástrofe, desde la extraordinaria capacidad de los perros para localizar personas bajo los restos de una edificación hasta lo que puede suceder cuando parte de esos materiales termina en el mar. Entre sus protagonistas estaba Tsunami, el border collie venezolano que colaboró en las labores de búsqueda.

Esta vez, otra historia relacionada con aquellas operaciones me llevó a observar ese mismo escenario desde una perspectiva diferente. Su protagonista es Quino, un labrador de la ONG valenciana Intervención, Ayuda y Emergencias (IAE) que viajó a Venezuela para ayudar en la búsqueda de supervivientes. Poco después de regresar a España comenzó a sufrir graves problemas de salud, entre ellos persistentes hemorragias nasales. Durante más de dos meses recibió tratamientos y transfusiones mientras se intentaba averiguar qué estaba ocurriendo. Finalmente, falleció este pasado fin de semana tras sufrir un nuevo fallo multiorgánico que afectó al hígado y a los riñones.

No se sabe si lo que le ocurrió estuvo relacionado con su trabajo en Venezuela, y sería incorrecto establecer una relación que no ha podido demostrarse. Sin embargo, su caso dejó sobre la mesa una pregunta que no habíamos abordado entonces: ¿a qué están expuestos realmente los animales y las personas que trabajan durante días entre los escombros de una catástrofe?

Porque entre las ruinas hay mucho más que polvo: existe una química invisible que puede esconder riesgos para quienes se adentran en ellas.

¿Qué hay realmente entre los escombros?

Cuando pensamos en un edificio, solemos verlo como una estructura. Desde el punto de vista químico, sin embargo, es una combinación de materiales muy diferentes: hormigón, ladrillos, yeso, vidrio, pinturas, aislantes, metales, cables, plásticos, adhesivos y numerosas sustancias presentes en aquello que construimos y utilizamos a diario.

Cuando esa estructura se derrumba, muchos de sus componentes se fracturan o pulverizan. Parte del material queda depositado sobre las superficies, mientras que las partículas más pequeñas pueden permanecer suspendidas en el aire o volver a levantarse cada vez que los restos se remueven durante las labores de rescate.

Uno de los ejemplos mejor estudiados es el del World Trade Center. Los análisis realizados después del 11-S mostraron que el polvo generado por el colapso constituía una mezcla compleja de materiales procedentes de los edificios y de los procesos de combustión. En ella se identificaron cemento, fibras de vidrio, hollín, pinturas y plásticos, además de amianto, distintos metales, hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAH), PCB, dioxinas, pesticidas y ftalatos.

Por supuesto, esto no significa que todos esos contaminantes estén presentes después de cualquier terremoto. La composición de los escombros depende de lo que había en el lugar antes del derrumbe y de lo que ocurra durante y después de este. Influyen factores como la antigüedad y los materiales de la construcción, su contenido, la existencia de incendios o fugas de combustible y la rotura de instalaciones.

Entre los posibles peligros se encuentra la sílice cristalina, presente en materiales como el hormigón, los ladrillos y el mortero. Al fracturarse, estos pueden generar partículas respirables de sílice cristalina, capaces de ser inhaladas y alcanzar las regiones profundas de los pulmones.

En conjunto, los escombros pueden convertirse en una mezcla muy heterogénea de materiales y posibles contaminantes, como muestra la siguiente imagen.

Y después está el amianto o asbesto, nombre que recibe un grupo de minerales fibrosos de origen natural que se han utilizado ampliamente en productos y materiales de construcción por propiedades como su resistencia al calor. Aunque actualmente su uso está prohibido o restringido en numerosos países, todavía puede encontrarse en construcciones antiguas y continúa utilizándose en algunas partes del mundo. Cuando los elementos que lo contienen se deterioran o se rompen, sus fibras pueden liberarse al aire. La Organización Mundial de la Salud advierte específicamente sobre este riesgo después de los terremotos cuando resultan dañados edificios en los que está presente.

Un derrumbe, por tanto, no deja únicamente restos físicos. Puede crear un nuevo ambiente químico al que quedan expuestos quienes entran en la zona.

Cuando el polvo entra en el organismo.

Aquí hay algo importante: no todo el polvo se comporta de la misma manera ni supone el mismo riesgo.

Una de las variables que determina hasta dónde puede llegar una partícula inhalada es su tamaño aerodinámico. De ahí que escuchemos hablar de PM10 y PM2,5. De manera simplificada, las PM10 son partículas inhalables con diámetros generalmente iguales o inferiores a 10 micrómetros, mientras que las PM2,5 son partículas finas inhalables, generalmente iguales o inferiores a 2,5 micrómetros. El tamaño influye en su comportamiento dentro del aparato respiratorio y, en general, las partículas más pequeñas pueden alcanzar regiones más profundas.

Pero el tamaño no lo es todo. También importan la composición de las partículas, su concentración en el ambiente, el tiempo de exposición y la cantidad que finalmente entra en el organismo.

La inhalación, además, no es la única vía posible. Algunos contaminantes pueden entrar en contacto con los ojos, la piel o las mucosas, quedar depositados sobre el cuerpo y posteriormente ser ingeridos de manera accidental. En una zona de desastre pueden coexistir, por tanto, distintas vías de exposición.

Los efectos tampoco tienen por qué manifestarse inmediatamente. Algunas exposiciones pueden provocar irritación de los ojos y las vías respiratorias, tos o inflamación, mientras que otras se relacionan con problemas que aparecen tras exposiciones prolongadas o incluso muchos años después.

Esto último resulta especialmente relevante en el caso de Quino.

Durante su enfermedad se planteó públicamente la posibilidad de que hubiera estado expuesto a amianto mientras trabajaba entre los escombros. Esta sustancia puede constituir un peligro ambiental cuando está presente en los materiales de una construcción dañada, como acabamos de ver. Sin embargo, no existen pruebas que permitan atribuirle lo sucedido a Quino.

Las principales enfermedades relacionadas con el amianto, como la asbestosis, el cáncer de pulmón o el mesotelioma, se caracterizan por largos periodos de latencia que pueden prolongarse durante décadas. Quino, en cambio, comenzó a presentar problemas de salud poco después de regresar a España. Durante sus últimos días también se detectó una leishmaniosis que complicó su función renal, sin que se estableciera que esta explicara por sí sola todo el cuadro.

En definitiva, sabemos que Quino enfermó después de regresar de Venezuela, pero no sabemos por qué. Que dos acontecimientos se sucedan en el tiempo no demuestra que uno sea la causa del otro.

Su caso nos lleva, sin embargo, a otra cuestión: ¿están los perros rescatistas especialmente expuestos cuando trabajan en este tipo de ambientes?

Los perros rescatistas tienen un problema añadido.

Aquí aparece una paradoja interesante. La extraordinaria capacidad olfativa que permite a estos animales encontrar a una persona entre toneladas de escombros también exige que se introduzcan directamente en el ambiente que están explorando.

Una persona puede utilizar mascarillas o respiradores adecuados, gafas, guantes y otros equipos de protección. Un perro de búsqueda, en cambio, necesita respirar y olfatear continuamente el entorno para realizar su trabajo.

Y no solo respira.

Camina directamente sobre los restos, introduce el hocico en huecos y grietas y puede atravesar polvo, barro o líquidos contaminados. Parte de esas sustancias puede quedar adherida a sus patas y al pelaje y llegar posteriormente a su boca cuando se lame.

No es solo una posibilidad teórica. En un estudio con perros de trabajo que atravesaron un escenario simulado de desastre con líquidos contaminados, las zonas inferiores del cuerpo estuvieron expuestas en el 89 % de las observaciones. Las patas y la parte baja de las extremidades fueron algunas de las áreas afectadas con mayor frecuencia.

Pero el contacto con un contaminante es solo el principio. Una vez presente en el entorno, puede seguir distintas rutas hasta alcanzar al animal y, en algunos casos, transferirse después a aquello que lo rodea.

También contamos con información obtenida en desastres reales. Tras el derrumbe del edificio Champlain Towers South en Surfside, Florida, se investigaron los contaminantes presentes en el entorno donde trabajaban los perros de búsqueda y rescate. Entre los posibles peligros se identificaron polvo de hormigón y sílice, materiales biológicos, productos químicos domésticos y para piscinas, combustibles y productos de combustión.

Los análisis de muestras de agua acumulada en la zona detectaron además niveles elevados de BTEX, siglas que agrupan al benceno, tolueno, etilbenceno y xilenos, y de hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAH). El estudio de Surfside también analizó muestras del pelaje de los perros para investigar los contaminantes con los que podían haber entrado en contacto.

Sin embargo, demostrar que existe exposición no significa demostrar que esta vaya a causar una enfermedad. Los perros que trabajaron tras los atentados del 11-S ofrecen un buen ejemplo.

Durante 15 años se realizó un seguimiento de 95 perros de búsqueda y rescate desplegados en el World Trade Center, el Pentágono o Fresh Kills Landfill, cuyos resultados se compararon con los de otros 55 que no habían participado en aquellas operaciones. Al finalizar el estudio, los investigadores no encontraron diferencias entre ambos grupos en las causas de muerte clasificadas por enfermedad o sistema afectado, y concluyeron que los efectos adversos a largo plazo asociados al despliegue habían sido bajos en aquella población.

Al mismo tiempo, las necropsias revelaron un dato interesante: se encontraron partículas en el tejido pulmonar de 42 de los 44 perros desplegados examinados, aproximadamente el 95 %, frente a 12 de los 19 no desplegados, un 63,2 %.

Había, por tanto, evidencia de exposición, pero esta no se tradujo en una mayor mortalidad en los perros desplegados. Es una diferencia fundamental: que una sustancia entre en contacto con un organismo no determina por sí solo sus consecuencias. La dosis, la duración y frecuencia de la exposición, el tipo de contaminante y las características de cada individuo también influyen en el resultado.

¿Podemos proteger mejor a quienes nos rescatan?

Eliminar completamente el riesgo probablemente sea imposible. Los equipos de rescate trabajan precisamente allí donde las condiciones son más difíciles y donde, en ocasiones, unos pocos minutos pueden marcar la diferencia.

Pero reducir la exposición sí es posible.

En las personas, una protección respiratoria adecuada, la identificación de contaminantes y la monitorización de la calidad del aire pueden ayudar a disminuir determinados riesgos. En los perros, además del seguimiento veterinario, adquiere especial importancia la descontaminación tras una posible exposición.

Como hemos visto, no basta con pensar en el lomo o la cabeza. Las patas, el abdomen y otras zonas inferiores del cuerpo pueden estar entre las que mantienen un mayor contacto con determinados contaminantes. La investigación sobre descontaminación de perros de trabajo ha mostrado, además, que una adecuada formación de sus guías puede mejorar la eliminación de sustancias depositadas sobre el animal.

Una vez finalizada la búsqueda, el objetivo es evitar que los contaminantes que hayan podido quedar adheridos continúen en contacto con el perro o se transfieran a su entorno.

Incluso las técnicas de descontaminación siguen evolucionando. Ya se están estudiando sistemas que pueden utilizarse directamente en el lugar de exposición y que requieren poca o ninguna cantidad de agua, algo especialmente útil en escenarios de desastre donde los recursos disponibles pueden ser limitados.

La tecnología también puede ayudar antes de que una persona o un animal entre en una zona potencialmente peligrosa. Robots capaces de acceder a estructuras inestables, drones, cámaras térmicas, sensores acústicos y otros sistemas de detección pueden complementar las labores de búsqueda y proporcionar información sobre el terreno.

Eso no significa que hoy podamos sustituir a los perros rescatistas. Su olfato, movilidad y entrenamiento siguen convirtiéndolos en aliados extraordinarios para localizar personas. La cuestión es hasta qué punto podemos utilizar esas herramientas para evitar exposiciones innecesarias y reservar su intervención para aquellos momentos en los que realmente los necesitamos.

Y quizá ahí se encuentre una de las reflexiones más importantes que deja la historia de Quino. Los perros rescatistas son animales altamente entrenados y cuidados, cuyo bienestar forma parte esencial del trabajo de sus guías y equipos. Pero incluso con todas las precauciones, su labor implica adentrarse en escenarios complejos, cambiantes y difíciles de controlar por completo. Protegerlos significa también seguir estudiando esos riesgos y buscando nuevas formas de reducirlos.

No sabemos si las condiciones a las que Quino pudo estar expuesto durante su misión en Venezuela tuvieron alguna relación con la enfermedad que terminó con su vida, y no existen pruebas que permitan afirmarlo. Su historia, sin embargo, nos recuerda algo que va mucho más allá de su caso: quienes entran en una zona de desastre para buscar y salvar vidas, sean humanos o animales, también se enfrentan a riesgos que no siempre podemos ver.

Sin más que añadir, que en paz descanse Quino y todos aquellos héroes, de dos o cuatro patas, que han perdido la vida ayudando a salvar la de otros. Desde Cuestión de Química, mi infinito agradecimiento y respeto por su valiosísima labor.

Como siempre, muchas gracias por leerme y hasta una próxima entrega.

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