«En la naturaleza nada existe solo.» – Rachel Carson

El 26 de Agosto, una enorme masa de agua, barro, hielo, rocas y sedimentos descendió por los valles del Himalaya y golpeó con enorme violencia varias poblaciones de la frontera entre Nepal y el Tíbet.
Durante las primeras horas surgieron varias hipótesis: ¿un terremoto?, ¿la rotura de una presa?, ¿el vaciamiento de un lago glaciar? A medida que comenzaron a analizarse las señales sísmicas, las imágenes de satélite y las huellas dejadas sobre el terreno, quedó claro que la explicación no era tan sencilla.
Entonces, ¿qué provocó realmente la catástrofe de Nepal? ¿Qué sabemos hasta ahora y qué preguntas siguen sin respuesta?
Lo que ocurrió.
La reconstrucción disponible sitúa el inicio del desastre en la cara norte del Langtang Lirung, una montaña de unos 7.200 metros dentro del Parque Nacional de Langtang. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) considera que el episodio fue probablemente desencadenado por el colapso de una gran masa glaciar, que movilizó hielo, roca y sedimentos montaña abajo.
El volumen y la velocidad del movimiento fueron suficientes para generar una señal sísmica detectable. En un primer momento llegó a interpretarse como un posible terremoto, pero los análisis posteriores apuntaron a otra explicación: las vibraciones procedían del propio colapso y del desplazamiento masivo de hielo y roca, no de una ruptura tectónica. El Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología de Italia (INGV) estimó que la energía registrada era comparable a la de un sismo de magnitud 5,2.
Esto recuerda algo importante: los sismómetros no registran únicamente terremotos. Avalanchas, deslizamientos y otros grandes movimientos de masas también pueden transmitir energía al terreno y producir señales detectables a distancia.
En este caso, por tanto, la señal sísmica fue una consecuencia del desastre, no su desencadenante.
A partir de ahí, el material descendió hacia el sistema fluvial y comenzó una segunda fase decisiva: su interacción con el río.
Entonces, ¿se rompió una presa?
Sí intervino una presa, pero no una construida por el ser humano.
Según la reconstrucción inicial del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología de Italia (INGV), los materiales movilizados por el colapso alcanzaron el Lhende Khola y bloquearon temporalmente su cauce. Hielo, roca y sedimentos formaron así una barrera natural detrás de la cual comenzó a acumularse agua.
Cuando ese represamiento cedió, el agua almacenada pudo liberarse de forma brusca junto con barro, bloques y otros detritos, amplificando la inundación aguas abajo.
La rapidez con la que evolucionó el fenómeno ayuda a entender su capacidad destructiva. Las observaciones recopiladas por ICIMOD (International Centre for Integrated Mountain Development) indican que el nivel del río Trishuli llegó a aumentar hasta nueve metros en aproximadamente media hora en uno de los puntos de medición.
Además, el riesgo no terminó con la primera oleada. El material depositado alteró el cauce y generó nuevos represamientos, de modo que durante los días siguientes continuó la vigilancia ante la posibilidad de desbordamientos e inundaciones adicionales.
La siguiente infografía permite visualizar cómo un colapso en la montaña puede desencadenar una sucesión de procesos capaces de transformar el curso de un río y provocar una inundación devastadora aguas abajo:

¿Fue un GLOF?
Cuando una inundación de estas características ocurre en una región glaciar, aparece enseguida un término que conviene explicar: GLOF, siglas de Glacial Lake Outburst Flood, es decir, una inundación repentina provocada por el vaciamiento de un lago glaciar.
En un GLOF típico, una masa de agua retenida junto a un glaciar rompe o desborda la barrera que la contiene y se libera bruscamente aguas abajo. Esa barrera puede estar formada por hielo, morrenas (acumulaciones de sedimentos transportados por el glaciar) u otros materiales.
En el caso de Nepal, sin embargo, la reconstrucción disponible apunta a un inicio diferente. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) sitúa el desencadenante probable en el colapso de una masa glaciar y el posterior flujo de detritos, mientras que el análisis de imágenes anteriores al desastre no muestra un gran lago glaciar en el punto de origen que pudiera explicar por sí solo la riada.
Por eso, con la evidencia disponible hasta ahora, no parece correcto describir el episodio simplemente como un GLOF convencional. El agua sí tuvo un papel decisivo, pero dentro de una cadena iniciada por el desprendimiento de hielo y roca y agravada después por el bloqueo temporal del cauce.
La distinción es importante porque estos mecanismos pueden parecer similares cuando observamos únicamente el resultado final. Un lago glaciar que vacía súbitamente su contenido, una masa de hielo que colapsa y una presa natural formada por detritos pueden terminar generando inundaciones muy violentas, pero no empiezan de la misma manera.
Además, que el evento no encaje en el modelo clásico de GLOF no elimina el riesgo asociado a los lagos glaciares del Himalaya. El ICIMOD lleva años estudiando cómo los cambios de la criosfera pueden generar distintos tipos de peligros encadenados en la región.
Y ahí aparece la siguiente pregunta, quizá la más difícil de todas: ¿qué pudo hacer que una masa glaciar de ese tamaño perdiera estabilidad?
¿Por qué pudo colapsar el glaciar?
Esta es probablemente la gran pregunta que todavía no tiene una respuesta definitiva. Sabemos que una enorme masa de hielo y roca perdió estabilidad en Langtang Lirung, pero determinar qué hizo que cediera precisamente en ese momento es mucho más complicado. El propio Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) advierte de que la reconstrucción del evento continúa abierta y puede actualizarse a medida que se incorporen nuevos datos.
Un glaciar de alta montaña tampoco es una estructura inmóvil. El hielo se deforma por su propio peso, las fracturas aparecen y evolucionan y el agua de fusión puede introducirse por ellas. A esto se suman la pendiente, la geometría del glaciar, las características de la roca y las condiciones térmicas del terreno. La estabilidad final depende de la interacción de numerosas variables, no de un único factor.
Una de ellas es el permafrost, es decir, terreno (suelo o roca) que permanece a una temperatura igual o inferior a 0 °C durante al menos dos años consecutivos. En las paredes de alta montaña, el hielo presente en las fracturas puede contribuir a mantener estables determinados bloques rocosos. Cuando esas condiciones térmicas cambian y el hielo se degrada, también puede hacerlo la estabilidad mecánica de la ladera. Precisamente por eso, ICIMOD estudia la evolución del permafrost y sus efectos sobre la estabilidad de las laderas en el Hindu Kush-Himalaya.
Para visualizar mejor este proceso, la siguiente imagen muestra cómo el hielo puede ocupar las fracturas de la roca y qué puede ocurrir cuando esas condiciones cambian:

Y después está el agua. Cuando circula por grietas y fracturas puede modificar las condiciones mecánicas de la ladera. Por ejemplo, un aumento de la presión de poros (la presión que ejerce el agua contenida en esos espacios) puede reducir el esfuerzo efectivo que mantiene en contacto las superficies de la roca y favorecer su deslizamiento. Al mismo tiempo, esa agua también interactúa químicamente con los minerales.
Aquí entramos de lleno en la química. El contacto entre agua y roca puede favorecer la disolución de determinados minerales y liberar al agua especies químicas, entre ellas iones, es decir, átomos o grupos de átomos con carga eléctrica. Qué sustancias pasan a la disolución y en qué cantidad dependerá de la composición mineral de la roca, la temperatura, el tiempo de contacto y las propias características del agua.
Entre esas características se encuentra el pH, que indica el grado de acidez o basicidad de una disolución. Su valor influye en la solubilidad de muchos minerales y en la forma química en la que se encuentran determinadas sustancias. A su vez, las reacciones entre el agua y la roca también pueden modificar ese pH.
Todo esto no significa que un cambio de pH, la disolución de minerales o la presencia de determinados iones hayan provocado el colapso de Langtang Lirung. No disponemos de evidencias para establecer esa relación. Su importancia aquí es otra: nos recuerda que en una ladera glaciar actúan al mismo tiempo procesos térmicos, mecánicos, hidrológicos y geoquímicos, y que todos forman parte del sistema que debe estudiarse para comprender su estabilidad.
A ese complejo equilibrio se suma el contexto regional. Un estudio de ICIMOD sobre los glaciares del Hindu Kush-Himalaya estima una reducción aproximada del 12 % de su superficie glaciar entre 1990 y 2020, dentro de una transformación más amplia de la criosfera que está modificando los riesgos asociados a avalanchas, deslizamientos, flujos de detritos e inundaciones.
Pero aquí debemos distinguir cuidadosamente contexto de causalidad. Que el calentamiento esté transformando los glaciares y las condiciones de alta montaña del Himalaya no demuestra por sí solo que haya provocado este colapso concreto.
Para determinar qué ocurrió habría que reconstruir las condiciones anteriores al evento: evolución del glaciar, temperaturas, presencia y circulación de agua, estado del permafrost y de las fracturas, geometría de la ladera y características de la roca, entre otras variables.
Por ahora conocemos bastante bien lo que sucedió una vez que aquella enorme masa comenzó a desplazarse. Qué rompió finalmente su equilibrio sigue siendo una de las principales incógnitas del desastre.
¿Se puede prevenir una catástrofe como esta?
Evitar que una enorme masa de hielo y roca pierda estabilidad en una pared remota del Himalaya no siempre es posible. Lo que sí puede hacerse es reducir el riesgo de que ese colapso termine convirtiéndose en una catástrofe humana, sobre todo mediante monitorización, sistemas de alerta y un mejor conocimiento de las zonas más vulnerables.
Las imágenes de satélite son una de las herramientas más útiles. Permiten seguir cambios en glaciares y laderas, detectar nuevos lagos o represamientos y comparar el terreno antes y después de un evento. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) está utilizando precisamente este tipo de observaciones para cartografiar la extensión de la avalancha de detritos y de la inundación de Nepal.
A ellas se suman los instrumentos instalados sobre el terreno. Medir niveles de los ríos, movimientos de ladera o cambios en represamientos naturales puede ayudar a detectar una evolución peligrosa y proporcionar más margen para emitir avisos o evacuar las zonas situadas aguas abajo.
Pero obtener datos es solo el primer paso. El verdadero valor aparece cuando esa información puede interpretarse y transformarse rápidamente en una alerta:
Esta necesidad se hizo evidente después del desastre. Los depósitos dejados por el flujo crearon nuevos lagos represados, capaces de convertirse en otra amenaza si sus barreras fallaban. Las autoridades nepalesas comenzaron a seguir algunos de estos puntos mediante imágenes de satélite y estudiaron reforzar el control con cámaras y sensores en lugares estratégicos, según informó Reuters.
Estas herramientas tampoco son infalibles. Las nubes pueden dificultar las observaciones por satélite, las regiones de alta montaña son complejas de instrumentar y algunos procesos evolucionan con enorme rapidez. Por eso, una alerta eficaz depende de combinar distintas fuentes de información: imágenes satelitales, sensores, seguimiento de los ríos, modelos de riesgo y sistemas capaces de hacer llegar el aviso a las comunidades expuestas.
También existe un componente transfronterizo. Los glaciares, ríos y valles del Himalaya atraviesan fronteras políticas, de modo que compartir datos y coordinar alertas puede resultar decisivo. El Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas (ICIMOD) trabaja precisamente en cooperación regional frente a los riesgos asociados a la criosfera en el Hindu Kush-Himalaya.
Así, vemos como no siempre podemos impedir que se produzca el fenómeno, pero sí aumentar las posibilidades de detectarlo a tiempo, anticipar sus consecuencias y reducir la exposición de las poblaciones situadas en su trayectoria.
La situación sigue evolucionando.
A la hora de escribir estas líneas, el peligro todavía no ha desaparecido por completo. Mientras me actualizaba sobre la evolución del desastre, encontré que las autoridades nepalesas continúan vigilando dos lagos formados aguas arriba tras el colapso. Uno de ellos ha empezado a drenar, mientras que el otro, de mayor tamaño y sin una salida visible, seguía acumulando agua, por lo que el riesgo de una nueva inundación se mantiene hasta que estos represamientos se estabilicen o se vacíen.
De hecho, el 28 de Agosto las operaciones de rescate llegaron a suspenderse temporalmente cuando uno de los lagos represados comenzó a desbordarse, y varias personas se desplazaron a zonas más elevadas como medida de precaución.
Las autoridades están recurriendo principalmente a imágenes satelitales para seguir la evolución de estos nuevos cuerpos de agua y estudian complementar esa vigilancia con cámaras y sensores aguas abajo. Es un ejemplo muy concreto de lo que acabamos de explicar: el desastre no termina necesariamente cuando pasa la primera oleada; el propio paisaje transformado puede generar nuevos riesgos que deben vigilarse casi en tiempo real.
En definitiva…
Con la información disponible hasta ahora, la explicación más consistente apunta a un colapso de hielo y roca en Langtang Lirung que desencadenó una avalancha, bloqueó temporalmente el cauce del Lhende Khola y terminó generando una inundación devastadora aguas abajo.
También sabemos que la señal registrada por los sismómetros fue consecuencia del enorme movimiento de masas y no de un terremoto tectónico, y que el desastre no encaja de forma simple con la rotura de una presa artificial ni con el modelo clásico de un GLOF (Glacial Lake Outburst Flood), es decir, una inundación repentina provocada por el vaciamiento de un lago glaciar.
Como ya se dijo anteriormente, la gran incógnita sigue estando en el desencadenante inicial: qué hizo que aquella masa de hielo y roca perdiera finalmente su estabilidad. Aún quedan preguntas sobre el estado del glaciar, el agua de fusión, el permafrost, la roca y las condiciones previas al colapso, y será necesario seguir analizando los datos para comprender el proceso con mayor precisión.
Y mientras esa investigación continúa, la propia evolución del paisaje sigue exigiendo vigilancia, porque los nuevos represamientos y cuerpos de agua formados tras el desastre pueden generar riesgos adicionales.
Más allá de la explicación científica, no podemos olvidar que detrás de esta catástrofe hay víctimas, personas desaparecidas y familias profundamente afectadas. Desde este espacio, mi más sentido pésame a las familias de quienes han perdido la vida y toda mi solidaridad con las comunidades que siguen afrontando las consecuencias de este desastre.
Sin más que añadir, gracias por leerme, como siempre, y hasta una próxima entrega.
