«Lo importante es no dejar de hacerse preguntas.» – Albert Einstein.
Venezuela, Japón, Colombia, España, Indonesia, Perú… Recientemente, varios terremotos de gran magnitud o especialmente mediáticos han vuelto a situar la actividad sísmica mundial en el centro de la conversación.
En Junio ya hablamos en este blog del doblete sísmico registrado en Venezuela. Desde entonces, otros movimientos en distintas regiones del planeta han reforzado una percepción cada vez más extendida: parece que están ocurriendo demasiados en muy poco tiempo.
Pero ¿es realmente así? ¿Estamos ante una concentración poco habitual de grandes sismos o simplemente frente a una coincidencia especialmente llamativa?
Y, como se planeta en el título, ¿se acerca realmente un gran terremoto o el famoso «Big One»? ¿Qué significa exactamente esta expresión? ¿Y qué papel juega la química en todo esto?
¿De verdad está temblando más la Tierra?
La sensación de que atravesamos un periodo especialmente activo tiene una explicación comprensible. Solo durante agosto, el USGS (United States Geological Survey), el Servicio Geológico de Estados Unidos, ha registrado entre los terremotos significativos un M7,4 en Colombia el día 10, un M7,7 en Indonesia el 14, otro M6,9 en Indonesia el 15 y un M6,7 en Perú el día 20.
España también ha ocupado titulares. El Instituto Geográfico Nacional (IGN) registró el 14 de Agosto un terremoto de Mw 4,8 al noreste de Alhendín, Granada, y otro Mw 4,8 el día 18 al noroeste de Villa de Otura. El segundo tuvo una profundidad calculada de 7 kilómetros y alcanzó una intensidad máxima V-VI. Entre estos movimientos se registraron además numerosos sismos de menor magnitud en el entorno.
Mw significa magnitud de momento, una de las escalas utilizadas para expresar el tamaño de un terremoto a partir de propiedades físicas de su fuente. Conviene distinguirla de la intensidad, que describe los efectos del movimiento y cómo se percibe en diferentes lugares.
Visto todo junto, 2026 puede parecer extraordinario. Pero para saber si realmente lo es necesitamos algo más fiable que nuestra memoria de los últimos titulares: hay que comparar con otros años.
Y los datos históricos aportan una perspectiva interesante. Las estadísticas mundiales del USGS muestran que en 2010 se registraron 150 terremotos de magnitud 6,0 a 6,9, 23 entre 7,0 y 7,9 y uno de magnitud 8 o superior. En total, 174 terremotos de magnitud 6 o más.
En 2011 la cifra fue incluso mayor: 185 terremotos entre 6,0 y 6,9, 19 entre 7,0 y 7,9 y uno de magnitud 8 o superior. En conjunto, 205 terremotos de magnitud 6 o más.
Esto no permite saber cómo terminará 2026, porque todavía estamos en Agosto y sería incorrecto comparar ocho meses con años completos. Sí nos permite establecer algo importante: la coincidencia de varios terremotos fuertes durante un periodo relativamente corto no es un fenómeno sin precedentes.
También debemos tener presente que una proximidad en el calendario no demuestra una conexión física entre terremotos separados por miles de kilómetros. Para establecer una relación entre eventos hay que estudiar las fallas implicadas, su localización, profundidad, mecanismos focales y transferencia de esfuerzos, entre otros factores. Que dos lugares tiemblen durante la misma semana no significa automáticamente que un terremoto haya provocado el otro.
La pregunta realmente interesante aquí es qué nos pueden decir esos movimientos sobre lo que sucederá después. Pero antes de responderla, conviene distinguir tres situaciones que suelen confundirse cuando varios sismos ocurren próximos en el tiempo:
¿Puede un terremoto avisarnos de que viene otro mayor?
Cuando una región comienza a temblar repetidamente suelen aparecer dos interpretaciones. Una sostiene que los movimientos pequeños ayudan a «liberar» la energía acumulada; otra los interpreta como posibles avisos de que se aproxima un evento más fuerte.
La relación entre magnitud y energía ayuda a entender por qué la primera idea necesita matices. La escala es logarítmica: un incremento de una unidad de magnitud corresponde aproximadamente a 32 veces más energía liberada. En términos aproximados, harían falta unos 32 terremotos de magnitud 5 para liberar una energía comparable a la de uno de magnitud 6 y alrededor de un millar para acercarse a la de uno de magnitud 7.
Por eso, una serie de pequeños movimientos no permite asumir que una falla haya liberado suficiente energía como para impedir otro de mayor magnitud. La evolución de una secuencia depende también de cómo se redistribuyen los esfuerzos y de las características del sistema de fallas.
Existen, además, terremotos que preceden a otro más fuerte. Se conocen como foreshocks o sismos precursores, pero aquí aparece una dificultad fundamental: generalmente podemos identificarlos como tales solo después de que haya ocurrido el evento principal. Antes de ese momento, pueden ser simplemente parte de una secuencia sísmica.
El USGS establece que una predicción tendría que concretar tres elementos: fecha y hora, localización y magnitud. Actualmente no existe un método científicamente fiable capaz de determinar esos tres parámetros antes de un gran sismo.
Y aquí surge una interrogante especialmente interesante para este blog: si observar únicamente los movimientos sísmicos no basta, ¿puede la química ofrecernos alguna pista adicional?
De la geología a la química.
Hasta aquí hemos hablado principalmente de sismología, geología y geofísica. Yo no soy geóloga, así que para preparar este artículo he recurrido a fuentes especializadas y he querido llevar la pregunta al terreno que nos ocupa aquí: la química.
Antes, una pequeña precisión sobre España. Aunque los recientes movimientos de Granada hayan llamado mucho la atención, que allí tiemble no resulta extraño desde el punto de vista geológico. La cuenca de Granada se encuentra dentro de las cordilleras Béticas y el Instituto Geográfico Nacional (IGN) la describe como una de las regiones con mayor actividad sísmica de la península ibérica. En el sur y sureste peninsular, la sismicidad está ligada al complejo contexto tectónico asociado a la convergencia entre las placas Africana y Euroasiática.
Y justamente al revisar este contexto me encontré con algo curioso. En España solemos asociar el volcanismo casi automáticamente con las Islas Canarias, pero en la península existe también una región volcánica muy particular: Campo de Calatrava, en Ciudad Real.
El Instituto Geológico y Minero de España (IGME) documenta allí los llamados «hervideros«, manantiales y pozos en los que se produce un escape de dióxido de carbono (CO₂) de origen volcánico. El gas asciende y forma burbujas en el agua, de ahí el nombre. El IGME señala que estos fenómenos son representativos de aproximadamente una veintena de puntos similares de la región.
La siguiente infografía muestra algunas de las características de Campo de Calatrava y cómo ese CO₂ de origen volcánico puede modificar la química de sus aguas:
Este caso permite introducir algo fundamental: los procesos geológicos pueden producir cambios medibles en la química de gases y aguas.
Las rocas no forman necesariamente un sistema seco. Sus poros y fracturas pueden contener agua, gases e iones disueltos. Cuando una roca sometida a esfuerzos se deforma, algunas microfracturas pueden abrirse, cerrarse o conectarse, alterando las rutas por las que circulan esos fluidos y las superficies minerales con las que entran en contacto.
Esto puede influir en procesos como la disolución y precipitación de minerales, el intercambio iónico y los equilibrios químicos entre agua y roca. Como consecuencia, pueden variar parámetros medibles de las aguas subterráneas, entre ellos su composición, el pH o la conductividad eléctrica.
También puede cambiar la desgasificación. La aparición o conexión de fracturas puede facilitar el desplazamiento de determinados gases, mientras que las variaciones de presión pueden modificar su circulación hacia el suelo o las aguas subterráneas.
Los fluidos, además, participan en el comportamiento mecánico de las fallas. La presión de poros, es decir, la presión ejercida por el fluido contenido en los espacios y fracturas de una roca, puede modificar el esfuerzo efectivo que mantiene las superficies de una falla en contacto e influir en su deslizamiento.
Y es precisamente esta relación entre deformación, minerales, agua y gases la que ha llevado a estudiar posibles señales geoquímicas asociadas a la actividad sísmica..
Radón, aguas subterráneas y otras pistas químicas.
Una de las sustancias que más atención ha recibido es el radón-222 (²²²Rn).
Se trata de un gas noble radiactivo que aparece de forma natural en la cadena de desintegración del uranio-238 (²³⁸U) presente en materiales geológicos. El ²²²Rn se produce concretamente a partir de la desintegración radiactiva del radio-226 (²²⁶Ra).
¿Por qué podría resultar interesante en una zona sísmica?
Si la deformación modifica la red de microfracturas de determinadas rocas, también podría cambiar las vías por las que el radón se desplaza desde los minerales hacia los poros, el suelo o las aguas subterráneas. De ahí que desde hace décadas se investiguen variaciones de su concentración asociadas temporalmente a algunos terremotos.
La siguiente infografía permite visualizar cómo los cambios en la red de fracturas pueden modificar la circulación del agua y los gases en el subsuelo, y qué parámetros químicos pueden observarse para estudiar esas variaciones.
Y el radón es solo una de las posibles pistas. También se han estudiado variaciones en gases, composición de aguas subterráneas, especies químicas disueltas, temperatura y conductividad, entre otros parámetros. Si cambian las rutas de circulación, se mezclan aguas procedentes de distintos sectores o quedan expuestas nuevas superficies minerales, resulta razonable investigar si la química de esos fluidos también responde.
La idea es muy llamativa: una zona de falla sometida a cambios podría dejar una huella química medible.
El problema comienza cuando intentamos convertir esa huella en una predicción.
Una anomalía química no es una predicción.
Imaginemos que durante varios días detectamos un aumento de radón en un pozo.
El dato puede ser científicamente interesante, pero todavía necesitamos saber qué lo ha provocado. La concentración de un gas o la composición de las aguas subterráneas puede variar por diferentes procesos geológicos, hidrológicos y ambientales.
Para convertirse en un verdadero precursor, una señal tendría que demostrar suficiente reproducibilidad y especificidad. Tendríamos que poder distinguirla de las numerosas variaciones que ocurren sin que posteriormente tenga lugar un gran terremoto y, además, relacionarla de manera útil con el momento, el lugar y la magnitud del futuro evento.
Hasta ahora ninguna señal geoquímica ha demostrado esa capacidad de forma general.
El propio USGS explica que entre los supuestos precursores investigados se encuentran los enjambres de pequeños terremotos y los aumentos de radón en aguas locales. El problema es que este tipo de fenómenos aparece muchas veces sin que después ocurra un gran terremoto, mientras que numerosos grandes eventos tampoco presentan señales precursoras reconocibles.
Esto no resta valor a la investigación geoquímica. Estudiar cómo responden aguas, gases y minerales a la deformación ayuda a comprender los procesos que tienen lugar dentro de la corteza terrestre y puede revelar información muy valiosa sobre el funcionamiento de una zona de falla.
La diferencia está en el nivel de conclusión que podemos extraer: detectar una anomalía asociada a un proceso tectónico y utilizarla para anunciar el siguiente gran terremoto son dos cosas muy distintas.
Entonces, ¿se acerca el «Big One»?
La expresión «The Big One» está especialmente asociada a California y se utiliza popularmente desde hace décadas para referirse a un futuro gran terremoto capaz de afectar al estado, especialmente en relación con el sistema de fallas de San Andrés. No es el nombre científico de un terremoto concreto ni implica que exista una fecha conocida para que ocurra.
La preocupación tiene una base geológica real. Un estudio publicado en 2026 sobre el sistema de fallas de San Andrés y San Jacinto reconstruyó aproximadamente mil años de historia sísmica y modeló la acumulación actual de esfuerzo en distintos segmentos del sur de California. Los resultados indican que algunos presentan niveles de esfuerzo comparables o incluso superiores a los rangos estimados antes de rupturas ocurridas durante ese periodo.
Este dato es importante para evaluar la peligrosidad sísmica, pero no permite establecer cuándo se producirá el próximo gran terremoto. Saber que una falla acumula un nivel elevado de esfuerzo y disponer de una predicción son cuestiones distintas.
También existen sistemas de alerta temprana, capaces de detectar un terremoto una vez iniciado y enviar avisos antes de que las ondas más dañinas alcancen determinadas zonas. Esos segundos de ventaja pueden ser muy valiosos, pero no significan que el terremoto haya sido predicho antes de comenzar.
Como vimos anteriormente, todos los años se producen numerosos terremotos y algunos periodos concentran varios eventos de gran magnitud. 2010, por ejemplo, fue un año especialmente activo, sin que aquella concentración significara que el planeta estuviera entrando en una cuenta atrás hacia un «único gran terremoto».
Por eso, la sucesión reciente de movimientos en Colombia, Indonesia, Perú, Granada y otras regiones no constituye evidencia de que el «Big One» de California esté a punto de ocurrir, ni de que exista un gran terremoto global aproximándose. Del mismo modo, una variación de radón, un cambio en las aguas subterráneas o una secuencia de pequeños sismos tampoco permiten construir un calendario fiable del próximo gran evento.
Estas señales siguen siendo científicamente valiosas porque ayudan a comprender cómo evolucionan las fallas y cómo responden las rocas, los fluidos y los gases a los procesos que tienen lugar en el subsuelo. El reto está en distinguir cuáles aportan información útil sobre la evolución del sistema y cuáles forman parte de su variabilidad natural.
Y es que la Tierra deja señales, pero todavía estamos aprendiendo cuáles pueden decirnos algo sobre lo que ocurrirá después.
Para cerrar, a ti que me lees, te pregunto: ¿crees que algún día seremos capaces de anticipar un gran terremoto combinando señales sísmicas, físicas y químicas?
Sin más que añadir, como siempre, gracias por estar del otro lado, y… ¡Hasta la próxima!



