5 curiosidades sobre los eclipses solares que te harán verlos de otra manera…

«Equipado con sus cinco sentidos, el ser humano explora el universo que lo rodea y llama Ciencia a esa aventura» – Edwin Hubble.

A propósito del eclipse total de Sol del próximo 12 de Agosto de 2026, quise dedicar una publicación a un aspecto de estos fenómenos del que se habla bastante menos: su relación con la química.

Detrás de la espectacular imagen de la Luna ocultando al Sol se esconden descubrimientos, fenómenos químicos y algunos datos bastante interesantes que han contribuido incluso a ampliar nuestro conocimiento sobre la materia.

A continuación, cinco curiosidades que conectan los eclipses solares con la química y que quizá hagan que, a partir de ahora, los veas de otra manera.

1. Un eclipse ayudó a descubrir un elemento antes de encontrarlo en la Tierra.

Nuestra primera historia comienza el 18 de Agosto de 1868, durante un eclipse total de Sol visible desde la India. El astrónomo francés Pierre Janssen estaba estudiando la luz procedente del Sol con un espectroscopio cuando observó una línea amarilla que no coincidía con las correspondientes a los elementos conocidos. Ese mismo año, el astrónomo británico Norman Lockyer observó aquella señal y propuso que podía pertenecer a un elemento químico desconocido.

Lo llamó helio, a partir de Helios, la personificación griega del Sol. Así se produjo uno de los descubrimientos más peculiares de la historia de la química: el helio fue identificado a través del espectro solar mucho antes de que se confirmara su naturaleza en nuestro propio planeta.

Durante las décadas siguientes aparecieron indicios de helio en materiales terrestres, pero fue en 1895 cuando William Ramsay logró identificarlo como tal en el gas liberado al tratar con ácido un mineral de uranio. Poco después, Per Teodor Cleve y Nils Abraham Langlet confirmaron su presencia y determinaron su masa atómica. La Royal Society of Chemistry recoge la historia del descubrimiento del helio y explica cómo el análisis del espectro solar permitió reconocer su existencia mucho antes de que el elemento quedara plenamente identificado en la Tierra.

La clave estaba en la luz. Al separarla en sus diferentes longitudes de onda aparecen líneas características de los elementos que la emiten o absorben. Podemos imaginarlas como una especie de huella dactilar química: cada elemento presenta un patrón particular relacionado con los cambios de energía de sus electrones.

Esta forma de estudiar la interacción entre la materia y la radiación se conoce como espectroscopía. Gracias a ella podemos analizar la luz procedente de lugares a los que jamás hemos viajado y obtener información sobre su composición.

La luz puede transportar información sobre la materia situada a millones de kilómetros de nosotros. Solo hay que saber interpretarla.

2. Una misteriosa señal hizo creer que existía otro elemento en el Sol.

La historia del helio tuvo una continuación bastante curiosa. Durante el eclipse total de 1869, los astrónomos observaron una misteriosa línea verde en el espectro de la corona solar, la parte más externa de la atmósfera del Sol, especialmente visible durante la totalidad.

Como aquella señal no coincidía con ningún elemento conocido, surgió la posibilidad de que perteneciera a otro elemento todavía por descubrir. Incluso llegó a recibir un nombre: coronium.

El misterio se mantuvo durante décadas. Con el avance de la espectroscopía se descubrió que aquella famosa línea verde estaba asociada a hierro altamente ionizado, es decir, átomos de hierro que habían perdido numerosos electrones. Aquello aportaba una pista extraordinaria sobre las condiciones existentes en esa región del Sol: la corona alcanza temperaturas del orden de millones de grados.

El American Institute of Physics explica la historia del supuesto coronium y cómo aquella misteriosa señal terminó ayudando a comprender mejor las condiciones extremas de la corona solar.

La historia resulta especialmente interesante si la comparamos con la del helio. Dos señales desconocidas observadas al estudiar el Sol llevaron a los científicos a plantearse la existencia de nuevos elementos. Una condujo al descubrimiento del helio; la otra terminó revelando propiedades inesperadas de un elemento que ya conocíamos.

Una anomalía puede esconder un descubrimiento completamente distinto del que esperábamos encontrar. Esa incertidumbre forma parte del proceso científico.

3. El Sol no arde como una gigantesca hoguera.

Al contemplar el Sol resulta fácil asociarlo con el fuego, pero su enorme producción de energía tiene un origen muy diferente al de las llamas que conocemos en la Tierra.

Cuando quemamos madera, encendemos una vela o utilizamos el gas de una cocina tienen lugar reacciones químicas de combustión. Los átomos se reorganizan para formar nuevas sustancias y, durante el proceso, se libera energía.

En el núcleo del Sol, donde predominan el hidrógeno y el helio, las extraordinarias condiciones de temperatura y presión permiten que núcleos de hidrógeno terminen dando lugar a helio mediante una serie de procesos que liberan enormes cantidades de energía. Es lo que conocemos como fusión nuclear. La NASA explica la estructura y el funcionamiento del Sol, incluida la producción de energía mediante fusión en su núcleo.

La diferencia es fundamental: en las reacciones químicas los núcleos atómicos conservan su identidad; en los procesos nucleares pueden transformarse unos núcleos en otros.

¿Y qué tienen que ver los eclipses con todo esto? Durante siglos, estudiar algunas regiones del Sol resultó extremadamente difícil debido a la intensa luminosidad de su superficie visible. Cuando la Luna cubre el disco solar durante la totalidad, la tenue corona aparece alrededor de su silueta oscura y puede estudiarse con mucha mayor facilidad.

Antes del desarrollo de los instrumentos actuales, los eclipses totales ofrecieron oportunidades excepcionales para analizar la luz de la corona y comprender mejor el comportamiento de la materia en condiciones extremas.

4. Un eclipse puede alterar temporalmente la química de nuestra atmósfera.

Los efectos de un eclipse también alcanzan la Tierra. La radiación solar participa continuamente en numerosos procesos químicos de nuestra atmósfera, proporcionando la energía necesaria para determinadas reacciones en las que intervienen sustancias como el ozono (O₃) y los óxidos de nitrógeno. A la química impulsada por la luz la conocemos como fotoquímica.

Cuando la Luna va ocultando el Sol, la cantidad de radiación disponible disminuye rápidamente y algunas de esas reacciones responden al cambio. Los eclipses ofrecen así una situación poco habitual: durante un breve periodo podemos observar qué ocurre cuando se reduce de forma repentina una de las principales fuentes de energía de la química atmosférica.

Una investigación publicada en Journal of Geophysical Research: Atmospheres estudió el ozono y el dióxido de nitrógeno (NO₂) durante el eclipse del 1 de Agosto de 2008 sobre Eureka, Canadá. Los resultados mostraron una respuesta clara del NO₂ relacionada con la disminución de la luz, mientras que las variaciones del ozono permanecieron dentro de su variabilidad natural.

La respuesta depende de las sustancias estudiadas, de la altitud y de las condiciones atmosféricas del momento. Aun así, resulta fascinante comprobar que unos minutos de reducción de la radiación solar pueden dejar una señal medible en determinados procesos fotoquímicos.

También pueden producirse cambios que percibimos directamente. Al recibir menos radiación, la superficie terrestre comienza a enfriarse y la temperatura del aire próximo al suelo puede descender. La intensidad del cambio depende de factores como el viento, la humedad, la nubosidad, el terreno o el momento del día.

5. Durante un eclipse podemos percibir los colores de otra manera.

La última curiosidad ocurre dentro de nuestros propios ojos y tiene nombre: efecto Purkinje.

El fenómeno debe su nombre al fisiólogo checo Jan Evangelista Purkyně, conocido también como Purkinje, quien lo describió en 1825 mientras investigaba cómo cambia nuestra visión con diferentes niveles de iluminación. Purkinje observó que, durante el amanecer, los tonos azules comenzaban a distinguirse antes que los rojos y estos parecían comparativamente menos luminosos. Aquellas observaciones terminarían dando nombre a un fenómeno de la visión que, dos siglos después, también podemos apreciar durante un eclipse total.

Nuestra retina contiene distintos tipos de células sensibles a la luz. Los conos desempeñan un papel fundamental en la percepción de los colores cuando existe abundante iluminación, mientras que los bastones son especialmente sensibles cuando la luz escasea. Detrás de este proceso también hay química: estas células contienen moléculas fotosensibles que reaccionan cuando absorben la luz y desencadenan una serie de cambios químicos que finalmente se transforman en señales nerviosas que nuestro cerebro interpreta como visión. Durante un eclipse total, la iluminación disminuye rápidamente y nuestra visión tiene que adaptarse en muy poco tiempo.

En esas condiciones cambia nuestra sensibilidad relativa a las distintas longitudes de onda. Los tonos rojos y anaranjados tienden a percibirse más oscuros, mientras que verdes y azulados pueden parecer relativamente más luminosos. Este cambio recibe el nombre de efecto Purkinje y puede resultar especialmente llamativo durante la transición hacia la totalidad.

Por eso se ha popularizado una pequeña experiencia para quienes puedan contemplar un eclipse total: llevar una prenda roja junto a otra verde o azulada y observar cómo cambia el contraste entre ellas conforme disminuye la iluminación. Scientific American explica con más detalle el efecto Purkinje durante un eclipse y cómo la rápida disminución de la luz modifica nuestra percepción relativa de los colores.

Así, mientras el cielo cambia sobre nuestras cabezas, también cambia durante unos minutos la manera en que nuestros ojos interpretan la luz que nos rodea.

Y ahora sí: el eclipse del 12 de Agosto de 2026.

Estas cinco curiosidades cobran especial actualidad ante el eclipse total de Sol del próximo 12 de Agosto. La totalidad será visible desde una franja que atravesará regiones del Ártico, Groenlandia, Islandia y la península ibérica. El eclipse parcial podrá observarse desde un territorio mucho más amplio.

España será uno de los territorios con una amplia extensión dentro de la franja de totalidad. Según el Instituto Geográfico Nacional (IGN), la península ibérica no contempla un eclipse total de Sol desde 1912 y, esta vez, la franja atravesará el territorio de oeste a este, pasando por numerosas ciudades. España se encuentra cerca del final del recorrido del eclipse, por lo que la totalidad tendrá lugar con el Sol bastante bajo sobre el horizonte.

El máximo global del eclipse se producirá cerca de Islandia y la duración máxima de la totalidad será de 2 minutos y 18 segundos, según los datos del IGN. Para conocer las circunstancias exactas desde cada lugar conviene consultar fuentes astronómicas oficiales, ya que la duración, la altura del Sol y el grado de ocultación cambian según la ubicación.

Una última recomendación resulta imprescindible para cualquier eclipse solar: durante las fases parciales, antes y después de la totalidad, observar directamente el Sol sin protección adecuada puede causar lesiones oculares graves. Las gafas de sol convencionales no ofrecen la protección necesaria; deben utilizarse gafas para eclipses o visores solares seguros diseñados específicamente para este fin.

Durante la breve fase de totalidad, cuando la Luna cubre completamente la superficie brillante del Sol, la observación directa sí es posible. La NASA ofrece una guía específica sobre cómo observar un eclipse solar de forma segura y explica cuándo deben mantenerse o retirarse los filtros de protección.

Mucho más que un fenómeno astronómico.

Un eclipse dura apenas unos minutos, pero ese breve intervalo pone de manifiesto hasta qué punto las distintas ramas de la ciencia están conectadas. Un acontecimiento que comienza con la alineación de tres cuerpos celestes puede llevarnos a hablar de átomos, elementos químicos, radiación, reacciones atmosféricas o del funcionamiento de nuestros propios ojos.

Quizá ahí se encuentre una de las razones por las que estos fenómenos siguen fascinándonos. Además del espectáculo que ofrecen, nos recuerdan cuánta ciencia puede esconderse detrás de algo que, a simple vista, parece solo un instante extraordinario en el cielo.

Esa curiosidad por comprender lo que ocurre a nuestro alrededor, o en este caso sobre nuestras cabezas, es también una buena razón para seguir haciéndonos preguntas.

Y hasta aquí la publicación de hoy dedicada a los eclipses solares. Espero que estas curiosidades les hayan resultado interesantes y que, la próxima vez que tengan la oportunidad de contemplar uno, lo miren con otros ojos.

Como siempre, muchas gracias por leerme, y… ¡Hasta la próxima!

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